Lo despertó una mosca demasiado grande, que trabajaba a conciencia en su frente ensangrentada. Cabrales la espantó con el brazo. Hizo un gran esfuerzo de voluntad para incorporarse pero no logró moverse. Sentía un dolor de cabeza intenso. Trató de pensar. Estaba en el suelo. Miró hacia un costado y vio la mesa dada vuelta y vidrios rotos por todo el piso. Hizo un esfuerzo supremo y logró sentarse pero entonces el dolor de cabeza fue atroz. Las paredes estaban manchadas de rojo violáceo. Había un olor nauseabundo que le daba vuelta las entrañas. La habitación giraba. Cerró los ojos. Todavía era incapaz de pensar.
Por la ventana que daba al fondo entraba el sol. Era de tarde. Revisó sus heridas. Tenía los brazos raspados y la camisa rota pero el único problema serio, aparentemente, era la herida de la cabeza. La sangre estaba seca pero no podía saber qué tan profunda era. Había vidrios y lozas por todos lados. Se paró y perdió el equilibrio, pero pudo sostenerse contra la pared. Tambaleó hasta el baño, se bajó los pantalones y se sentó en el water. Ni siquiera intentaba pensar. Le solía suceder antes de despertarse del todo, cuando tenía una gran resaca. Miraba la destrucción y pensaba en que sería imposible encontrar la cámara de fotos en ese escándalo.
El baño estaba intacto. Manoteó una Rolling Stone del revistero pero ni siquiera la pudo hojear. Se quedó una hora sentado en el water, dormido y despierto. Pudo levantarse y se fue hasta la ducha. Abrió la canilla fría y se metió. La herida era superficial. El frío lo reconfortó. Sentía puntadas agudas en la cabeza pero podía concentrarse un poco más. Tenía que bañarse y se lo tomó en serio. La sangre se escurrió por el desagüe a lo Hitchcock. Sólo había una toalla chica Se secó con fuerza y salió del baño hacia el cuarto. La cama estaba desecha. El colchón había sido destripado y era un amasijo de resortes recostado contra la pared. La gran cama de madera no estaba. Sólo había astillas por todos lados. La ventana también había sido destrozada y las mesitas de luz tampoco estaban. Pero el placard empotrado en la pared permanecía intacto, aunque manchado de vino y tal vez de sangre. Lo abrió y sacó el traje nuevo, sin usar, que había comprado en Buenos Aires. Sacó una camisa blanca y la plancha y la tabla y actuó con prolijidad. Salió del cuarto con la corbata perfectamente anudada; una corbata italiana pintada a mano que le había regalado Cecilia. Entonces creyó que empezaba a recordar. ¿Cecilia haciendo equilibrio con una damajuana de cinco litros de vino tinto sobre la cabeza, los ojos abiertos, mientras volaban las piezas del ajedrez de jade?
Tenía que llamar por teléfono al trabajo. El cable del teléfono descansaba junto a los restos del televisor. Buscó el tubo como si fuera algo necesario. Vio una montaña de libros tal como habían quedado luego de que la biblioteca se fuera al suelo. Había también libros despedazados y tomó una hoja suelta: “Vamos a matar a Marge, Vic –dijo el hombre- Si dejas de vigilarla un solo instante, en cualquier parte, nos haremos con ella. El diablo necesita a Marge, Vic. Tú has perdido el derecho a ella por cretino y por puerco, por joder con otra. Tienes que pagar por ello, Vic”. Sintió una puntada en la cabeza. Tiró la página al suelo.
La cocina era impenetrable. Terminó de peinarse, con mucho cuidado, frente a un pedazo de espejo del aparador del living. Pudo encontrar los lentes de sol. Salió a la calle. Necesitaba tomarse un café. Sacó 600 pesos del cajero automático y se tomó un taxi al Centro. En el taxi pensaba en lo que había leído. Era un cuento, un cuento de Ford, Richard Ford. ¿Cuál era el título? No importa, pero ¿qué pasaba? ¿Quién quería matar a Marge y por qué? El dolor de cabeza era inmenso. Eran los amigos de la vecina, unos motoqueros diabólicos. Sí, la vecina del tipo, Vic, que se había quedado sola en la casa y lloraba, entonces Vic la fue a consolar y después empezó a ser acosado por los motoqueros satánicos. ¿Cómo terminaba la historia? Se dio cuenta de que el taxi iba derecho al diario. Le dijo que parara. El reloj marcaba 16:00.
Se bajó frente a la cantina del vasco. Subió las escaleras de mármol, empujó la puerta de vidrio y entró al gran salón. El vasco levantó los lentes de las cuentas y empezó a protestar pero él le dijo que no iba a comer, que quería un café gigante y el teléfono. El vasco entendió. ¿Andrés? Se me complicó. ¿Cómo anda todo? Se apretó las sienes mientras escuchaba. ¿Puedo ir directo y encontrarme con el fotógrafo ahí? Bueno, nos vemos más tarde. Tenía tiempo de tomar el café y no tendría que pasar por la redacción inmediatamente. A las 5 en la explanada de la Intendencia, una protesta de los basureros, con sus camiones. El café le sentó bien pero le latía la cabeza Se quedó mirando la calle San José, la gente que entraba y salía de la galería que daba a la plaza Libertad. Era un día espléndido pero Cabrales lo miraba como si estuviera en el cine, filtrado por los lentes. –Vos estás acá ¿y tu cadáver? ¿dónde está? –le decía el vasco, parado al lado de la mesa. –Es así. Si yo soy ahorrista, tengo derecho a exhumarte. El vasco sonreía, esperando que Cabrales le siguiera el juego. Hablaba de actualidad. Se refería al banquero que había estafado a medio país, había ido a la cárcel y de la cárcel al hospital y del hospital al cementerio y ahora los estafados estaban poniendo en duda los hechos y pedían la exhumación del cadáver, temerosos de que los hubiera estafado otra vez y estuviera vivo para seguirlos estafando. Pero Cabrales todavía estaba pensando en la primera pregunta, ¿dónde estaba su cadáver? “Estoy dando vueltas como un perro alrededor de mi cadáver”, pensó y se acordó de que tenía que comprar una libreta.
Salió despacio hasta la explanada. Compró un block y una lapicera en una papelería que estaba por cerrar para siempre. Cuando llegó no había nada todavía, Era temprano. Se sentó en un banco con el block colgado de la mano, ¿Martha. Elbio, Rocío, Magadalena, Ricardo, Cecilia y los dos Gustavos se tiran de la azotea y caen, podridos, reventados de risa y de sangre en el patio? Empezaron los bocinazos, seguidos por la hilera de camiones anaranjados. Hubo una proclama, aplausos, insultos. Cabrales garabateaba en su block flamante. Pensaba en el mínimo esfuerzo para lograr los 30 centímetros, con foto grande, un recuadro con los datos sobre toneladas de basura, sistema de contenedores y convenio de salarios.
Llegó al diario a la hora pico y nadie le prestó mucha atención. Había un ambiente animado, como de fiesta. Era viernes. -¿Y? Preguntó Andrés y casi sin esperar respuesta, informó: 30 centímetros y un recuadrito con los números. “Los basureros están con bronca. Sienten que la campaña de modernización de la recolección de residuos que inició la Intendencia, amenaza sus fuentes laborales. Primero fue la reducción de los empleados por camión, de tres a dos, y luego el sistema mecánico entre camión y contenedores, que se usa en la parte civilizada del mundo. El Municipio, además, decidió denunciar el convenio de salarios firmado en 1999, por el cual...”. Un poco de color, con el contraste de la retórica de los recolectores y los jerarcas municipales, una sugerencia melancólica sobre la ideología del progreso y nos vamos. Andrés corrigió y sustituyó la bronca por descontento, eliminó los posibles altercados entre civilización y barbarie, apagó el color y se deshizo de sugerencias y melancolía.
Cuando salió del diario era noche cerrada y había refrescado. Necesitaba dormir, pensó. Pero sólo se acordó de que no había cama cuando llegó. Despejó una zona del suelo de vidrios y de mugre y se acostó entre dos frazadas. Se despertó temprano, con hambre.
“La muerte empieza a los 40”. Sí, se acordó. Su propio cumpleaños. A Magdalena se le ocurrió la idea de cantar el cumpleaños feliz cuarenta veces. Quedaron los íntimos y brindaron con ron y un papelito de ácido en cada vaso, cortesía de Marcelo. Entonces recordó el estruendo del teléfono hecho trizas contra el suelo. Lo tomó de sorpresa pero no pudo pensar mucho tiempo en el asunto, porque tuvo que salir con rapidez para que el cristalero no le partiera la cabeza. Eso sí que hizo ruido. Todos estaban encantados. Volvió a sentir la excitación de la destrucción última, la urgencia de protagonizar un momento histórico. Recordó la damajuana de diez litros de tinto que alcanzó en medio del estruendo de la guerra y la reventó a quemarropa contra una pared vacía y se llenó de vino y de sangre entre los festejos. Ya había dos que agarraban la mesa de roble y la daban contra el gran espejo de pie, sin lograr resultados la primera vez. Pero el segundo intento fue una fiesta de vidrios rotos. Los pedazos de espejo volaban y se armó la guerrilla.
Ahora estaba todo más claro. Su subieron a la azotea por las rejas de la ventana del cuarto y se armó un pogo en la azotea hasta que se empezaron a tirar al patio de baldosas. ¿Y después? Le molestaba la idea de que todo había sucedido después y no podía recordar. Se bañó, se puso un jogging y se fue al bolichito de enfrente al Clínicas. Pidió el capuchino y dos pancongrasas y llamó a Magadalena. Le dejó mensaje en el contestador, una referencia al paisaje después de la batalla. Se arrepintió inmediatamente. Tendría que ser más cuidadoso. No llamó a nadie más.
Pasó el resto del día recogiendo los escombros de la fiesta. Cayó agotado sobre la frazada.
Ese domingo empezaba a trabajar a las tres de la tarde. Se levantó a las 11 y salió para la casa de su madre. Había llegado Estela de visita, su hermana mayor, que vivía en España. -Oh, mi hermanito preferido, el cuarentón, saludó Estela. ¿Cómo terminó ese cumpleaños? Terminó, contestó Cabrales. ¿Te puedo acariciar como a un gato? Preguntó Estela, mientras le pasaba la mano por la cabeza. No pudo dejar de notar la herida, disimulada en el pelo. Durante la comida se habló de las viejas épocas, como quien revisa un álbum de fotos. Se habló de su casa y Estela recordó que había vivido en la pieza del fondo. “Ahora no vive nadie en la pieza del fondo, pensó Cabrales y recordó todo. Armó el puzzle completo. –No sabés lo lindo que eras vos cuando naciste. Ya tenías cara de nene, no esa cosa arrugada como un bicho peludo que era tu hermana Irma. Yo no podía creer cuando la miraban y decían, ‘ay, qué lindo bebé’ y yo pensaba ¿lindo bebé esa cosa inmunda? Cabrales no podía entender, porque estaba escuchando a su limpia memoria. Ahora no vive nadie en la pieza del fondo.
Se fue directo al trabajo. Tenía que ocuparse de editar el informe. Estaba a cargo de la sección, que tenía que ver con la ciudad, con dos áreas de información fijas, que eran violencia y municipales. La única página abierta era la de violencia, a la espera de lo que ocurriera. Había que editar el informe central sobre drogas. Diagramar la página, elegir las fotos, titularlo y ocuparse de que todo encajara. Cabrales pudo concentrarse en la tarea hasta que entró el murciélago. Era la segunda vez que pasaba. El Centro de Montevideo era uno de los lugares preferidos de estos animales, que reinaban en los depósitos polvorientos y oscuros, las galerías abandonadas, los edificios viejos con cartel de ‘se vende’. “Ese bicho tiene sed”, bromeó alguien, pero Cabrales estaba paralizado. Los vuelos rasantes del roedor alado lo dejaron frío e inmóvil, entre algún grito femenino que disimuló su pánico.
Cabrales llegó a su casa decidido a redactar la confesión. “Tengo que ir al grano porque no hay tiempo. Asesiné a mis mejores amigos. Sus cadáveres están en la pieza del fondo. Fue en la fiesta de mi cumpleaños de 40. No recuerdo cómo ni por qué lo hice. Ya había estado internado dos veces en un psiquiátrico por ‘trastornos de la personalidad agravados por el alcohol y las drogas’. Pero nunca había pasado de comer flores de los jardines o parar un patrullero desnudo con una botella de champán en la mano. Ahora llegué al final. Ya escucho los golpes en la puerta. Entre los que murieron están todos los que creo que me quisieron en vida, quienes supieron apreciar lo que yo mismo nunca pude del todo. En ellos pienso ahora”.
Se levantó despacio ignorando la urgencia que exigían los golpes. Abrió. Ahí estaban todos, gritando “sorpresa” con todos los signos de exclamación de las series costumbristas yankees. Ahí estaban todos, radiantes, sus amigos de siempre, y Cecilia había tenido la delicadeza de llevar el champagne bien frappé.
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