“Fortuna en los juegos de azar”.
La bruja se dio por satisfecha con ese augurio alentador. Micaela se quedó mirando su propia mano, como si quisiera descubrir en las líneas los números ganadores del próximo sorteo. Era el turno de Ricardo. Esta vez la bruja leyó la palma en silencio y luego lo miró a los ojos.
“Serás traicionado por la persona de quien menos sospechas”.
Gaspar no se pudo contener.
“Vamos mejorando”, dijo. “De la fortuna a la traición. Para mí un viaje, por favor. O un encuentro inesperado, por lo menos”.
Decía esto mientras estiraba la mano. La bruja ni siquiera la tomó entre las suyas. Apenas una breve mirada.
“Sí, un viaje”, dijo. “Un viaje largo, después del cual cambiarás radicalmente tu forma de pensar”. Gaspar consideró oportuno hacer una serie de consideraciones de tipo fisiológico sobre la forma en que cambiaría de funcionar su cerebro luego del misterioso viaje. Pero no vienen al caso. Le tocaba a Efe. La bruja le tomó la mano pero se la cerró enseguida.
“Lo siento, estoy cansada”, dijo.
Protestamos, sin éxito. El próximo era yo, pero no había nada que hacerle.
“Tenemos que brindar por los novios”, le dije a Efe.
“Sí, es urgente”, dijo Efe.
Nos abrimos paso hacia el champagne y levantamos nuestras copas.
“¿Qué dirán las manos de esos infelices?”, pregunté.
“¿Por qué me cerró la mano?”, dijo Efe.
“Estaba cansada”, contesté.
Dicho así parece todo muy solemne, pero lo cierto es que ninguno de nosotros creía en el destino escrito en la palma de la mano. Es verdad que Gaspar ganó una beca de postgrado en París, un mes después, pero eso no asombró a nadie. Gaspar era un genio y tenía que viajar para aprender. Lo despedimos como corresponde, en una fiesta sin bruja, en la que todos los augurios eran venturosos.
A los tres meses llegó la carta desde París. Me la mandó a mí. Era una foto escrita del lado de atrás, a manera de postal. Gaspar estaba de rodillas en un parque o algo así. Era la primera vez que lo veía de barba, pero el detalle revelador era el crucifijo de marfil que le colgaba del cuello. Ahí estaba el abanderado del método científico, el hombre que sostenía que la materia guardaba todos los secretos del universo y que era hora de que la especie superior del planeta asumiera la responsabilidad que le tocaba. “Nosotros somos los dioses”, vociferaba, si se llegaba a tocar el tema. Y ahora me miraba con ojos de cordero, de rodillas sobre el pasto, luciendo la efigie del “Rey de los Judíos”, como él lo llamaba, a la manera romana. Di vuelta la foto con temor y esperanza. Todavía esperaba que el texto aclarara la broma.
“Querido hermano: Todo sucedió de repente. Te pido que me escuches porque ahora sé algo que cambió mi vida para siempre y podría cambiar la tuya, si lo permitieras”.
Yo ya había perdido las esperanzas pero seguí leyendo y me enteré del encuentro de Gaspar con el propio Jesús. Parece que Gaspar soñó y en el sueño discutía con el Salvador, hasta que se quedó sin palabras. Al despertar Gaspar recordaba las enseñanzas recibidas y había tomado la decisión de divulgarlas. La cosa seguía, pero creo que ya se entiende la idea. Gaspar había hecho un largo viaje y había cambiado radicalmente su forma de pensar. Yo lo sentí como una pérdida irreparable. Según mi forma de pensar, el universo era tan complejo que hasta podía ser que tanta gente tuviera razón y que este ilustre revolucionario judío fuera, en realidad, el hijo del dios verdadero y Dios él mismo, como reza el dogma. Pero convertir a Gaspar en un misionero era una crueldad, fuera de quien fuera la culpa. Eso no me lo sacaba nadie de la cabeza. Decidí guardar la carta y cerrar la boca.
A los dos días me llamó Efe.
“Recibí carta de Gaspar”, dijo.
Elegí el silencio como respuesta.
“Está decidido a salvarme”, gritó.
“Sí, ya sé. Quiere salvarnos a todos”.
Minutos después, Efe estaba en casa.
“Que yo sepa, hay tres posibilidades”, dijo, a manera de saludo.
Lo invité a pasar.
“Una, la más evidente, es que Gaspar se volvió loco, perdió contacto con la realidad. En ese caso la bruja tenía razón. El hombre hizo un largo viaje y cambió radicalmente su forma de pensar”.
Asentí.
“La segunda -continuó Efe- es que Gaspar no hace más que relatar la verdad de los acontecimientos. El mismísimo Jesús se le apareció en un sueño y Gaspar decidió dedicarse a divulgar la buena noticia. En ese caso la bruja también tenía razón.
A Efe le gustaba hablar. Se notaba que estaba preocupado.
“La tercera posibilidad es que Gaspar haya cambiado de estrategia, que haya decidido ilustrar en su propia persona la decadencia a la que conduce la fe, convirtiéndose en un fanático misionero que fue visitado en sus sueños por el Salvador. En este caso la bruja se habría equivocado, o se habría expresado mal. Gaspar no cambió radicalmente su forma de pensar sino la forma de expresar su pensamiento. De todos modos, si no acertó, la bruja pasó muy cerca”.
Efe hizo una pausa y se quedó mirándome, con una expresión muy suya, los ojos casi negros que inmovilizaban a la presa. Aunque esta vez el cazador tenía miedo.
“Eso nos llevaría a pensar que Micaela va a ganar la lotería, que Ricardo será traicionado por alguien muy cercano y que yo estuve a punto de enterarme de algo muy importante acerca de mi destino, de no haber mediado el repentino cansancio de la intérprete”.
Otra vez esa mirada.
“No es tan fácil”, intenté. “Está bien, la bruja acertó una. Pero eso no alcanza para desarrollar una teoría”.
“No, claro que no”, me sorprendió Efe. “Para ser una bruja decente tiene que adivinar todo. Todo. Si no sólo está dando manotazos en la oscuridad”.
A esta altura creo que se hace necesario aclarar quiénes éramos. Ricardo, Efe, Gaspar y yo habíamos sido compañeros de liceo nocturno y habíamos participado de una obra de teatro, de cuyo nombre no quiero acordarme. Creamos una cofradía que se dio en llamar Los Anacrónicos. Fiel a su nombre, el grupo se había mantenido luego de que abandonáramos las clases. Nos veíamos una vez por semana en un café del centro de la ciudad, con mesas redondas de mármol, frente a una plaza con un nombre que nos gustaba discutir: Libertad. Desde hacía un par de años nos juntábamos en una librería de viejo que me pertenecía. El nombre surgió en una reunión de Los Anacrónicos, “Utopía”, voz griega cuyo significado es “no hay tal lugar”, según definición de Quevedo, o “de eso no hay”, según definición de Ricardo, menos elegante pero tal vez más adecuada. Eso de no tener tiempo ni espacio nos maravillaba. Fuera de ese ámbito, todos teníamos entre 30 y 40 años y Ricardo era el único casado. Eran tiempos difíciles. El gobierno se había vuelto cada vez más autoritario y todos sabíamos que Ricardo y Efe conspiraban y seguramente tenían algo que ver con un grupo de resistencia urbana que pregonaba la justicia entre los hombres. No se hablaba de eso en las reuniones de Utopía. Lo más parecido a una teoría política que habíamos desarrollado se resumía en una frase que supimos por Borges y que pertenece a la más pura tradición anarquista: “Algún día mereceremos que no haya gobiernos”. Pero la realidad acechaba los muros de Utopía. Las acciones de los rebeldes se volvieron cada vez más osadas y llegaron a condenar y ejecutar a un asesor militar del gobierno que había llegado del extranjero, acusado de ser instructor de torturas. Las reuniones se suspendieron y yo perdí contacto con Ricardo y con Efe. Llegó el invierno, el más crudo que yo recordara. Yo había dejado de pensar en los Anacrónicos. Todo parecía urgente. Una mañana álgida, cuando estaba por salir a tasar una biblioteca, vi la carta. Era un sobre blanco vacío, pero estaba escrito por dentro: “En la frontera sin sombra”. Era un mensaje de los Anacrónicos. Le decíamos la frontera a una calle del centro de la ciudad que antaño definía el alcance de las balas de cañón disparadas desde la fortaleza. Por extensión, la frontera era una esquina en especial, el cruce con la avenida principal, donde había un bar con nombre anacrónico. Sin sombra sólo podía ser el mediodía. Me alegró la idea de que vería a Ricardo y a Efe en pocas horas. Y tenía una curiosidad inmensa. ¿En qué estarán? ¿Me pedirán algo? Eso me preocupaba. Pasé las próximas cuatro horas especulando. Llegué a la Frontera cuando faltaban dos minutos para las doce. Iba a entrar al bar, cuando vi a Ricardo que cruzaba la calle. Bajó la escalera de un viejo edificio venido a menos, el Palacio Siglos. Lo seguí. Era un sótano enorme, con diez de pistas de bolos y un bar con una docena de mesas, en una oscuridad casi total. Pedimos dos cafés en la barra y los llevamos a una mesa que tenía un cenicero sucio.
“Efe está adentro”, dijo Ricardo.
“¿Adentro de dónde?”, pregunté.
“Está guardado”, me explicó.
No dije nada.
“Me va a vender”.
Me quedé mirándolo.
“Me va a vender. Está escrito”, dijo, con una seriedad inconcebible, mientras me mostraba la palma de su mano derecha.
“No digas estupideces”, le dije, aunque me parecía que empezaba a entender de qué hablaba.
“Es él, es la persona en quien menos sospecho”.
“Bueno, no parece”, maticé.
“Esto es serio. Cuando la bruja lo dijo, yo pensé que podía sospechar de cualquiera menos de Amaro y de Efe. Y Amaro no puede ser. Amaro es un puro. Es una de las razones por las que Efe y yo estamos en esto. Llegué a hablarlo con Efe y él estaba de acuerdo. Me dijo que tenía que pensar en él, así quedaba fuera de la profecía. Y lo hice. Llegué a rezar para que Efe no cayera, pero no resultó”.
“¿Y Amaro?”
“Amaro está bien escondido. Además, Amaro es duro. De verdad. Amaro no duda. No cede. Y Efe estaba con miedo de que la bruja tuviera razón, pensaba que tal vez por eso le había cerrado la mano”.
Yo me quedé otra vez en silencio, pero reconozco que pensaba en cómo le iba a decir que no, si me pedía que lo ayudara. Eran tiempos difíciles. Pero no me quería pedir nada. Me quería alertar.
“Si Efe me vende, es probable que hable de los Anacrónicos, es probable que los lleve a Utopía”.
Me tomé el café de un sorbo. No era tan malo como esperaba.
“Yo no voy a hacer nada. No tiene sentido. Pero tu caso es distinto. Serás traicionado, pero eso no quiere decir que no puedas huir”, dije.
“Sí, ya lo arreglé. Sólo quería avisarte”.
Nos levantamos y nos dimos un abrazo. No nos deseamos nada. ¿Qué sentido tendría? Fue la última vez que lo vi.
Decidí que era hora de hacer una gran fogata. Quemé todo lo que pudiera considerarse “material subversivo”, según la jerga oficial. Seleccioné unos doscientos volúmenes y armé una hoguera en el patio de atrás de la librería, donde nos reuníamos los Anacrónicos en verano. Estuve fascinado durante horas, al calor del fuego. Aprendí que había que alimentarlo de a pocas hojas, para que no quedara vestigio de ninguna idea peligrosa. Ya había claridad cuando quemé el último, una serie de viñetas de Julio Cortázar, aventuras de seres imaginarios que pertenecían a especies imaginarias y se comportaban de manera absurda y contradictoria, en un universo también contradictorio y absurdo. Al fuego.
Los militares ya habían tomado el control y yo esperaba que llegaran en cualquier momento. Y llegaron.
Eran seis, de uniforme y armas largas, al mando de un tipo de mi edad, más o menos, que era el único autorizado a hablar. Me invitó a pasar al fondo. La librería tenía un corredor a la entrada, de unos diez metros de largo, con estantes de libros en oferta a la izquierda. Caminé escoltado por el jefe y empecé a escuchar el ruido de libros que caían al suelo. Al final del corredor había una sala amplia, con tres mesas de libros y las paredes cubiertas de anaqueles. Me indicó que me sentara y se quedó en silencio. Sólo se escuchaba el ruido de los libros que caían al piso. Pronto, los soldados llegaron a la sala. Traían algunos libros. Los acomodaron en el suelo y acometieron las mesas. Trabajaban rápido y sin hablarse. Yo tenía curiosidad por averiguar el criterio. La voz del jefe me sobresaltó.
“Utopía”, casi gritó. “¿Por qué?”
Yo no pude evitar un reflejo que teníamos los Anacrónicos cada vez que alguien preguntaba por qué algo se llamaba de la manera que se llamaba. Pensábamos en una escultura de Donatello, Il Gattamelata, un militar a caballo. El asunto había suscitado la curiosidad de los compatriotas del escultor, que se preguntaban: “Ma perché si chiama Il Gattamelata?”
“¿Le parezco gracioso?”, amenazó el jefe.
“No, claro que no”, me apresuré a contestar. “Es que me gusta la palabra, el hecho de que haya existido una palabra para designar un lugar que no existe: Utopía”.
Ahora era el jefe el que casi sonreía.
“Usted piensa que soy un bruto, ¿verdad?” Me hizo una seña para que no lo interrumpiera. “Un militar, una persona sin educación. Y tiene razón, hasta cierto punto. Pero hace poco me tocó presenciar un interrogatorio. Era un pobre infeliz, que empezó a decir incoherencias en cuando lo apretaron un poco. Nos impacientamos cuando arrancó con que el rey Gaspar se había entrevistado con el Niño Dios y que pronto llegaría montado en un camello ciego, al mando de un ejército de jesuitas, a edificar la utopía. Antes de moverlo, alguien le preguntó qué era eso y el tipo dijo: ‘De eso no hay’”.
El jefe hizo una pausa y se quedó mirándome con aire divertido. Yo ahora sí tenía miedo y suponía que se me notaba, pero no atinaba a decir nada, ni siquiera a pensar. Sólo seguía el ritmo monótono de los libros al caer.
“Déme un minuto, por favor”, dijo el jefe y se encaminó hacia el montón de los libros sospechosos. Me quedé petrificado. Me estaba hablando de Efe. Me estaba dejando que digiriera la información. Era el Inquisidor y me dejaba que imaginara los instrumentos, en lugar de mostrármelos. Me permitía que me torturara yo mismo. Y daba resultado. Empecé a conjeturar qué diría cuando me apretaran un poco, qué me preguntarían antes de moverme. Ya tenía ganas de gritar: “Basta, dejen de tirar libros”. Pero no hubiera podido. Estaba duro, martillado a la silla y al piso y las manos contra los muslos. Di la orden para que el dedo meñique de la mano derecha se moviera. Se movió. Pronto pude flexionar los cinco dedos y despegar la mano. Tanteé el bolsillo de la camisa en busca de cigarrillos. No estaban. Moví los ojos, que estaban fijos en una foto enorme y azul, del otro lado de la pieza. Los cigarrillos estaban sobre el mostrador, inalcanzables. ¿Qué habrán hecho con Efe? Terror. No tengo nada que decir, no sé nada. Utopía es una palabra que suena bien: cuatro vocales y sólo dos consonantes, diptongo quebrado, Ricardo y Efe, no sé. Morir, tengo que morirme de apuro. Si cargo ahora mismo contra esta manada, tal vez lo logre. Estuve una eternidad en ese estado, hasta que me interrumpió el Inquisidor.
“No, no se levante”, dijo.
Yo estaba quieto como una pared.
“Conocemos el camino”, añadió.
Mi expresión debía ser la del tipo más estúpido del planeta. El ruido había cesado. Los soldados estaban parados en actitud de espera. Todos los libros estaban en el suelo. El Inquisidor hizo una señal y los soldados empezaron a machar por el corredor.
“Mi consejo, si quiere escucharlo -me decía el Inquisidor- es que no tome muy en serio lo que dicen los libros. No se preocupe por lo que no existe. Concéntrese en la realidad. Piense en ese otro utópico del que le hablaba. Ahora está en el manicomio municipal”.
Hizo un gesto casi imperceptible, dio media vuelta y se fue. Me costó levantarme de la silla, pero lo logré. Estaba exhausto, dolorido, como si me hubieran molido a palos. Di unos pasos, pisando libros, hasta que me tiré en el suelo. Hice un montón con algunos de tapa blanda y apoyé la cabeza. Cuando me desperté era de día y el panorama era desolador.
Ese mismo día fui al manicomio. En el taxi pensaba en el Inquisidor. ¿Qué buscaba? No se llevó ningún libro. Él mismo lo dijo: no eran importantes. ¿Por qué me habló de Efe? ¿Por qué me dijo dónde estaba? ¿Me estarían esperando en el manicomio? ¿Qué habrá pasado con Ricardo? Era muy improbable que Efe pudiera haberles dado algún dato útil, después de la advertencia de la bruja. ¿Y si Efe no les había dicho nada y todo era una corazonada del Inquisidor y ahora yo lo estaba confirmando? Me afilié a la tesis fatalista. Si eso era lo que estaba escrito, eso haría. Después de todo, el Inquisidor y yo no éramos más que dos personajes en una trama de hierro y saludaríamos juntos cuando cayera el telón. Eso me animó.
Bajé del taxi frente a una estructura monumental, en forma de arco, con la mitad de los ladrillos a la vista. La puerta de rejas oxidadas estaba abierta y daba a un patio muy amplio, luego una escalera, baldosas blancas y negras, dos puertas cerradas, un corredor y otra puerta de rejas que daba a otro patio, esta vez custodiada por un viejo de pelo blanco, que me pareció que estaba dormido. Le expliqué mi propósito y me hizo firmar una planilla. Después me abrió y me dijo que entrara en la primera puerta a la izquierda. Yo empecé a caminar despacio. En el centro del patio había un cantero cuadrado, de unos diez metros de lado, con un nogal soberbio. Efe estaba sentado con las piernas juntas y siguiendo algún ritmo con el pie derecho, la mirada fija en una hoja caída en el suelo. Tenía la cara chupada, morada, amarilla. Me quedé un rato mirándolo. En un momento alzó los ojos. La reacción fue lenta. Los ojos se encendieron de a poco. La cara se ablandó.
“Hermano”, dijo.
Hablamos durante horas debajo del nogal. Efe articulaba con lentitud, pero se fue animando, fue cobrando seguridad poco a poco. Hablamos como si no nos hubiéramos visto en años. Repetimos las bromas, el viejo repertorio de los Anacrónicos. Efe le había puesto un poco más de color a su tendencia excéntrica habitual. Zapicán, por ejemplo.
“Vamos, Zapicán, salude al amigo”, dijo, en un momento, mirando hacia el suelo. Al cabo de una pausa, corrigió: “Está bien, Zapicán, haga el muertito”. Entonces me miró con un gesto de resignación y dijo: “Es un peregrino perro imaginario”, como si dijera: ‘¿Qué vamos a hacer con esta criatura extraordinaria, sino consentirle todos sus caprichos?’. Pero también hablamos de profecías y de inquisiciones.
“Era desesperante. Yo sólo pensaba en Ricardo. No lo voy a vender. No me lo van a sacar”. Me miró como preguntando si sabía de qué me hablaba. Asentí.
“Yo estaba luchando contra algo mucho más grande, mucho más poderoso que ellos, ¿se entiende?”
“Con gran claridad”.
Pausa. Larga. Yo trataba de no hacer ningún gesto de impaciencia.
“Llegó un momento en que creí que no iba a aguantar. Pensé que ya no importaba, que era hora de descansar. Estaba encapuchado, en una silla, sostenido por los brazos, helado, empapado. Me habían aplicado un par de métodos tradicionales. Todavía trataba de mantener la cabeza erguida, pero estaba en las últimas. Entonces apareció una voz nueva, que me decía que no la hiciera tan difícil, que no era conmigo, que si no cooperaba la cosa se iba a poner peor. Y yo empecé a prestar atención. Esa voz, el tono pausado, didáctico”.
Hizo otra pausa, esta vez deliberadamente teatral.
“Era Amaro”.
Para quienes conocen el contexto de este relato nunca hubo la menor duda de quién era el traidor. Amaro es célebre y precipitó la caída de todo el movimiento. Para mí fue una revelación. Era evidente que Ricardo había caído. Era evidente que Micaela se haría rica.
“Una bruja bastante decente”, dijo Efe.
Un tipo muy alto, flaco, descalzo, los ojos casi blancos, se acercó a una distancia insoportable. Efe lo ahuyentó con voz de mando.
“No pertenece a esta historia”, me explicó.
El tipo se alejó murmurando. Pudimos escuchar que decía: “Soy una buena persona”.
“Puede ser”, dijo Efe, en voz muy baja, como para sí. “Tranquilo, Zapicán”. Efe encendió un cigarrillo que tenía a medio fumar. Inhaló profundo y me miró fijo.
“Yo no era el traidor, ¿te das cuenta? Era el héroe”.
“Sí, me doy cuenta”. Yo también estaba emocionado.
“El encapuchado era el héroe. Los miserables eran ellos. Ya no había dolor ni frío ni oscuridad ni desesperación ni derrota. Era mi momento. Toda la vida esperando. Les tiré con el código de los Anacrónicos, para que fueran llevando: ‘Pagaremos el tributo con nuestras viejas espadas’”.
Efe me miraba con ojos de loco. Yo saboreaba la sentencia, en este contexto alucinante. Otra deuda con Borges. Era la respuesta de la pequeña tribu de bárbaros a los poderosos que exigían un impuesto por la fuerza. Ahí estaba la patria, el honor, el coraje. Efe me contó cómo siguió vociferando, incluso en pleno tratamiento, cada vez que podía abrir la boca. Hasta que perdió el conocimiento y lo recuperó en el manicomio. Ya caía el sol cuando me despidió. Me dijo que me había estado esperando y que quería pedirme algo.
“Me gustaría que escribieras algo sobre todo esto. Que quedara claro que el encapuchado era el héroe”
“Está bien”, le dije.
Pude darle un abrazo.
Me tomó unos cuantos años cumplir el encargo. Efe se suicidó días después de nuestro encuentro. Dejó un sobre con una hoja que decía: “Muy rico todo”. No quiero hablar del tema. Ricardo fue liberado cinco años después y se fue a Suecia. No supe nada más. Gaspar escribe, cada tanto. La última vino de Angola, donde cumplía una misión a las órdenes directas del Gran Jefe. Los militares duraron diez años en el poder, un poco más, y lo fueron entregando de a poco. Ya no hay tanto miedo ni tanta esperanza. A mí no me volvieron a visitar. Una mañana me pareció que vi al inquisidor pero no sé si era. Amaro desapareció de escena. Me pregunto qué palabras habría usado la bruja para traducir las líneas de su mano. Nunca supe mucho de la bruja. Me dijeron que daba clases de dibujo y que nunca había cobrado por sus lecturas. Yo sigo vendiendo libros.
Sé que esto debería terminar con una gran fiesta en lo de Micaela. Me invitó, por supuesto. Pero no fui. No estaba de humor.
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