Saturday, July 11, 2009

Jesús de La Barra

Llegué a la Barra el 24 de mañana. Almorcé en el bolichón de los laburantes y me quedé sin un peso. Tenía mis hojas y si vendía un dibujo me iba a dar por lo menos para cenar una pizza y una cerveza. Pero se hizo de noche y no había vendido nada. Intenté en los restaurantes pero ni siquiera me dejaban entrar. A Jesús lo conocí en la madrugada de Navidad. Bajé a la playa de Montoya porque sentí que había fiesta y me acerqué a un fogón enorme que había en la arena. Jesús recitaba y había unos pibes que tenían unos tambores africanos. Yo tenía mis hojas abajo del brazo. Me senté a la rueda sin que nadie me dijera nada y al poco rato recibí la pipa. La cazoleta era grande y el caño estaba hecho con el tallo del canabbis. Cada uno le pegaba una sola pitada. Yo fumo de vez en cuando pero no había comido desde hacía 14 horas y quedé cuadriculado enseguida. Había intervalos de música entre cada speech que se mandaba Jesús. Estaba todo bien. Saqué una hoja y empecé a dibujarlo a la luz de la hoguera. Cuando terminé pasé el dibujo, que fue aprobado en silencio por todos. No era fácil, porque recitaba de memoria sin parar, gesticulaba y se reía. Pero yo estaba inspirado. Le dibujé la cara, a la luz del fuego. Después resultó que la obra se hizo famosa. Para mí fue un milagro. Yo siempre me había muerto de hambre, pero a partir de esa Navidad las cosas cambiaron. Dibujé a Jesús crucificado en una hoja de canabbis y tuvo una salida tremenda. Se me ocurrió pintar camisetas blancas a mano. Yo uso una como una cuestión de propaganda. También les hice el dibujo a los Christmas Frogs, que son unos pibes que suenan muy bien: son tres perros que están tironeando del halo de un santo. Hubo una exposición en la French Gallery, pero se prendió fuego. Fue ahí que apareció el lunático ése que dijo que los mercaderes se iban a ir al infierno. Se perdieron algunos cuadros importantes: ahí estaba La última fumata, inspirada en el fogón de la playa Montoya, además de los clásicos Crucifixión en una hoja de canabbis y Retrato del Salvador de la Barra, que fue el primero que pinté, Perros de la infamia (el logo de los Christmas Frogs) y Esto sí es una pipa, inspirada en la que Jesús pasaba la hierba sagrada.

Le decíamos Jesús, porque apareció en Navidad, estaba hecho flecos y era barbudo. Nunca se supo quién lo trajo, cómo llegó hasta el hospital. Apareció poco antes de la siete de la mañana del 25 de diciembre, hecho pedazos. Yo estaba de guardia. Me avisaron y enseguida lo pusimos en una camilla y empecé a ver que estaba pálido, dolorido y sangrando por la femoral y la carótida. Yo no entendía cómo todavía estaba vivo. De alguna manera, instintivamente se agarraba el cuello con una mano y la ingle con la otra, de tal manera que mantenía controladas las dos hemorragias. Todavía estaba consciente. Inmediatamente avisé que había que llamar al cirujano vascular. La nurse me miró con desconfianza pero hizo lo que tenía que hacer. Mientras tanto le mandé suero a bochas y sangre, toda la sangre que encontré. No era un buen día para estar herido de esa manera. Estaba claro que lo habían masticado: tenía marcas de dientes por todos lados, incluida la cara. Parecía un linyera. Debía tener unos 40 años, aunque tal vez era más joven. Mientras estuvo consciente me miró con unos ojos de espanto, como quien acaba de llegar del infierno. No sé cuántos siglos tardó el cirujano.




Claro que estaba ahí. Yo fui uno de los que armó el fogón, antes de que llegara Jesús. Sacamos la leña del boliche del vasco. Además nadie puede asegurar que otro no estaba ahí. No se puede saber. Cualquiera se arrimaba. No sé cuántos éramos pero no mucho más de una docena. Yo alucinaba con los cuentos de Jesús. Me perdía las cosas porque hacía fuerza para no olvidarme, hasta que me dejé ganar por el placer de escuchar. Que ĺheure est́il? Es hora de emborracharse. Mi Dios, mi soñador, sigue soñándome. Apártense, vacas, que la vida es corta. Para mí todo era nuevo. La banda cambiaba de nombre a cada toque. Nada nos conformaba. Cuando a Jesús se lo comieron los perros todo se volvió más urgente. Ahí surgió lo de las Ranas de Navidad, pero sonaba a canción de cuna: Duerme, duerme, ranita, que Jesús está en el campo, ranita. Entonces alguien paladeó Christmas Frogs, que tenía más otoño, sonaba más a hojas caídas y pisadas. Lo de los Christmas Frogs se refiere a eso, a que Jesús llegó y fue devorado en la Barra y nosotros no podemos hacer otra cosa que croar, que fue lo que hicieron los únicos testigos en ese momento.

Un forastero de ropas humildes y de barba espesa llegó en Nochebuena y no se mezcló con los ricos sino con aquellos que habían llegado a trabajar, por cierto en la peor temporada de la que se tiene memoria. Traía consigo, según múltiples testimonios, una buena cantidad de hierbas alucinógenas y las repartía entre todos aquellos que se abandonaban a los placeres de un mundo de ficción, provocado por los vapores de la droga. Por las playas magníficas se multiplicaron las orgías de drogas y de alcohol con aquel que no se sabía de dónde venía ni por qué había llegado. Ya al alba se retiró, sin que sus sonámbulos compañeros de juerga lo advirtieran, y erró por los caminos de la Barra, sin dudas perdido y confundido por los efluvios de las drogas y el alcohol. Algo en él había de extraño que estimuló un sentido perverso de los perros que cuidaban esas chacras, de tal manera que lo atacaron sin misericordia y lo dejaron maltrecho, al borde de la muerte. Fue llevado por manos anónimas y dejado en la puerta del hospital, moribundo. Allí lo atendieron y lograron mantenerlo con vida durante unos días, pero las heridas eran profundas y el desgraciado murió. Otras manos anónimas, o tal vez las mismas, lo sacaron del hospital. Y ya no se supo nada más de él. Que el Señor se apiade del alma de ese pecador. En ese tiempo se alimentó una leyenda perversa. Se empezó a incubar un sentimiento de veneración por ese infortunado. Aquellos momentos de euforia, vividos bajo el sopor de sustancias que alejan al hombre de la voluntad de Dios, son recordados ahora por algunos como enseñanzas del forastero. Yo pregunto: ¿Merece ese infeliz nuestra compasión? Sin dudas, la merece. Recemos por la paz de su alma. Tengamos piedad por los que, como él, han elegido un camino tan azaroso como el de intentar evadirse del mundo que creó el Señor, para vivir en las apariencias de un sueño inducido. Pero ¿eso quiere decir que debemos venerar a este desgraciado? ¿Erigirle un altar? ¿Equipararlo a nuestro Señor Jesucristo, que derramó su sangre humana para salvarnos? No. Yo les pido que digan conmigo: no, no, no: vade retro, falso profeta. Vade retro tú que nos quieres guiar por el camino de la alucinación y apartarnos de la senda de la Verdad. Y aquellos que llegan al templo de Dios y se prosternan ante el Salvador pero en realidad le hablan al otro, al involuntario impostor ¿han decidido darle la espalda al Creador, al Todopoderoso? ¿Serán, acaso, los falsos apóstoles de un aprendiz de hechicero? ¿Adorarán a ese miserable que encontró su fin sin darse cuenta siquiera de qué es lo que estaba pasando?



Sabíamos que era esperar a que se muriera pero no se moría. Un día entró una mujer a visitarlo. El doctor le dijo que el hombre no podría reconocerla pero ella insistió. Se le preguntó si lo conocía y ella dijo: “es mi maestro”. Entró a la habitación, le besó la mano, se persignó y salió en silencio. Yo me quedé muy impresionada. Mi madre estaba muy enferma y los médicos me habían dicho que no tenía oportunidades. Entonces le pedí a Jesús que la salvara. El doctor se reía. Yo no sé muy bien por qué se me ocurrió. De todas maneras no tenía nada que perder, así que se lo pedí, se lo pedí con todas mis fuerzas. Dicen que no se sabe dónde está Jesús ahora. Yo sé que está allá arriba. Mi madre se mejoró. Un día entré a la habitación a agradecerle pero no había nadie. Estaba vacía.

Investigué en la Barra durante un mes. Había por lo menos 50 personas que juraban haber estado en el mítico fogón de la playa Montoya. Reuní razonablemente a los doce que me parecieron más creíbles y les saqué una foto para la posteridad, en la playa, a la luz del amanecer y del fuego. Conseguí todo el merchandising: las remeras con Jesús crucificado en una hoja de marihuana, con los pies atados por el tallo y las manos también atadas por sendas puntas de la hoja, con la expresión de quien está dado vuelta; compré pipas de todo calibre y también el primer retrato. Llegué a tiempo para ver la galería French en llamas, aunque las fotos están más o menos, pero el pintor me dejó escanear los bocetos. Rescaté la polémica sobre la nacionalidad de Jesús. Tengo una pequeña biografía de cada uno de los apóstoles y agrupé los hechos que podían considerarse como milagros. Lo de los evangelios fue más complicado pero estoy seguro de que el tipo parafraseaba a Lovecraft, a Shakespeare y a Baudelaire. Es seguro que recitó Embriagaos, porque todos recuerdan aquello de que había que preguntarle a todos los seres vivos y muertos “¿qué hora es?” y la respuesta era “es hora de emborracharse”. ¿Qué hora es?, preguntaba Jesús. Hora de emborracharse, contestaba el coro, y qué hora es, hora de emborracharse. Pasó a ser una de las señas de identidad del grupo. También se repite una línea que tiene algo de enigmática para mí, pero la mandé porque pensé que los lectores podrían auxiliarme. Jesús hablaba de tres caminos paralelos: la pequeña rapiña, la gran hazaña y la quebrada de los valientes. No es fácil determinar el sentido, porque parece que Jesús no hablaba en tono moral y concluía sus discursos con carcajadas sonoras. Los apóstoles guardan retazos de esa doctrina y la interpretan de maneras diversas. Yo la dejé anotada así para el recuadro Apuntes para una biblia de la Barra: “La pequeña rapiña es el camino destinado a los hombres prudentes y la quebrada de los valientes es la incómoda región a la que pueden caer los temerarios que intentan la gran hazaña”. Tengo también un demo de Canción de Navidad, de los Christmas Frogs (jingle bells, jingle bells, dogs and drugs, fog and frogs, Jesus' dead, crying men). Los tipos suenan bien, aunque parezca mentira. Yo tengo una teoría, en realidad. El tipo era uno de esos profesores de literatura bohemios, que abundan en Uruguay. Iba camino a Cabo Polonio y se ambientó en la Barra. Eso explica la campera descolorida de COETC y los lentes de celofán rojo. Se ve que algo le cayó mal y se mareó. Habrá intentado seguir camino al Cabo hasta que se encontró con los perros.

Ya era de día pero había una niebla tremenda que apenas dejaba ver algo. Íbamos a llevar a Alexandra hasta el albergue y escuchamos los gritos. Atrás, bestias, atrás. Yo creí que era un show unipersonal ofrecido para las ranas. Jesús era capaz. Pero nos acercamos y lo que vimos parecía de National Geographic, una cosa espantosa: tres perros le estaban hincando el diente. Les puse la camioneta encima y bajé como un desesperado. Los perros zafaron. Jesús estaba vivo. Lo cargamos y lo llevamos al hospital. Nadie quería dar explicaciones, así que lo dejamos en la puerta de la emergencia y nos fuimos.

Yo siempre lo he visto todo como un gran cachondeo. Ese JB era guay del Uruguay. Ha salvado la temporada. Mira que yo he estado en fiestas de Navidad, pero aquella de la playa Montoya será difícil de igualar, te lo juro. El tío tenía un flipe encima que no veas. No paraba: lo mismo pasaba de un texto clásico a otro descojonante y luego un relato tenebroso y entonces un gran sermón que nos dejaba a todos pensando en nuestras vidas pasadas, presentes y futuras. Nada, que cambiaba de idioma como quien pestañea y todo parecía quedarle bien. A mí me ha impresionado aquello de we don’t call it ganja, we call it the herb. Y la música de esos chavales que tenían tambores africanos, vamos, que era alucinante. Es que la marihuana ésa te digo que es mucho mejor que el chocolate, estábamos todos dale que te pego y we dont’t call it ganja, we call it the herb. Pero yo no pensaba en ningún mesías, mira, que con todo respeto, a mí eso del niño y la leche de María y las Navidades me tiene un poco ya hasta los cojones, tú sabes, no me da ninguna nostalgia pensar que allí en mi pueblo es un villancico detrás del otro. Sin embargo he posado muy orgulloso para la foto del periodista, apóstol y a mucha honra, como se suele decir. Pero bueno, las cosas se han puesto más serias cuando me ha llamado Alexandra, que se escuchaba fatal. Quería que nos viéramos esa madrugada en la Barra. Nos hemos reunido en la Ancap. Y, joder, te lo digo de verdad, aquello ha sido algo que... nada, que lo diga Bautista. Ya no es cachondeo, mira, que ya no sé qué irá a pasar con nosotros, de verdad, no lo sé.

Era el amanecer. La niebla era perfecta. Apenas se veía el camino, que yo hacía en eses, y por momentos cayendo y rodando. Sólo se escuchaban las ranas. Intuí el mar hacia la derecha y caminé y seguí caminando y no aparecía nada, hasta que de repente vi dos ojos amarillos a la altura de los de un perro. No me detuve pero empecé a andar más lento, hacia el perro, que apenas se ladeaba y caminaba, de manera que yo estaba siempre a la misma distancia. Todavía no había visto a los otros dos pero aparecieron. Yo giraba y caminaba. Era fascinante. Vi que se me acercaban más y uno se me abalanzó. Yo lo rechacé y apenas tuve tiempo para enfrentar al otro y ya había un tercero que se prendía de mi carne. Y me dolió. Y sangré sangre humana. Mis últimas palabras fueron: atrás, atrás bestias, atrás. Y ya no recuerdo nada más. Salvo que pensaba. Pensaba: soy el que soy. Soy el que soy. Como Jonathan Swift. Como Jesús.

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