Llegué a la Barra el 24 de mañana. Almorcé en el bolichón de los laburantes y me quedé sin un peso. Tenía mis hojas y si vendía un dibujo me iba a dar por lo menos para cenar una pizza y una cerveza. Pero se hizo de noche y no había vendido nada. Intenté en los restaurantes pero ni siquiera me dejaban entrar. A Jesús lo conocí en la madrugada de Navidad. Bajé a la playa de Montoya porque sentí que había fiesta y me acerqué a un fogón enorme que había en la arena. Jesús recitaba y había unos pibes que tenían unos tambores africanos. Yo tenía mis hojas abajo del brazo. Me senté a la rueda sin que nadie me dijera nada y al poco rato recibí la pipa. La cazoleta era grande y el caño estaba hecho con el tallo del canabbis. Cada uno le pegaba una sola pitada. Yo fumo de vez en cuando pero no había comido desde hacía 14 horas y quedé cuadriculado enseguida. Había intervalos de música entre cada speech que se mandaba Jesús. Estaba todo bien. Saqué una hoja y empecé a dibujarlo a la luz de la hoguera. Cuando terminé pasé el dibujo, que fue aprobado en silencio por todos. No era fácil, porque recitaba de memoria sin parar, gesticulaba y se reía. Pero yo estaba inspirado. Le dibujé la cara, a la luz del fuego. Después resultó que la obra se hizo famosa. Para mí fue un milagro. Yo siempre me había muerto de hambre, pero a partir de esa Navidad las cosas cambiaron. Dibujé a Jesús crucificado en una hoja de canabbis y tuvo una salida tremenda. Se me ocurrió pintar camisetas blancas a mano. Yo uso una como una cuestión de propaganda. También les hice el dibujo a los Christmas Frogs, que son unos pibes que suenan muy bien: son tres perros que están tironeando del halo de un santo. Hubo una exposición en la French Gallery, pero se prendió fuego. Fue ahí que apareció el lunático ése que dijo que los mercaderes se iban a ir al infierno. Se perdieron algunos cuadros importantes: ahí estaba La última fumata, inspirada en el fogón de la playa Montoya, además de los clásicos Crucifixión en una hoja de canabbis y Retrato del Salvador de la Barra, que fue el primero que pinté, Perros de la infamia (el logo de los Christmas Frogs) y Esto sí es una pipa, inspirada en la que Jesús pasaba la hierba sagrada.
Le decíamos Jesús, porque apareció en Navidad, estaba hecho flecos y era barbudo. Nunca se supo quién lo trajo, cómo llegó hasta el hospital. Apareció poco antes de la siete de la mañana del 25 de diciembre, hecho pedazos. Yo estaba de guardia. Me avisaron y enseguida lo pusimos en una camilla y empecé a ver que estaba pálido, dolorido y sangrando por la femoral y la carótida. Yo no entendía cómo todavía estaba vivo. De alguna manera, instintivamente se agarraba el cuello con una mano y la ingle con la otra, de tal manera que mantenía controladas las dos hemorragias. Todavía estaba consciente. Inmediatamente avisé que había que llamar al cirujano vascular. La nurse me miró con desconfianza pero hizo lo que tenía que hacer. Mientras tanto le mandé suero a bochas y sangre, toda la sangre que encontré. No era un buen día para estar herido de esa manera. Estaba claro que lo habían masticado: tenía marcas de dientes por todos lados, incluida la cara. Parecía un linyera. Debía tener unos 40 años, aunque tal vez era más joven. Mientras estuvo consciente me miró con unos ojos de espanto, como quien acaba de llegar del infierno. No sé cuántos siglos tardó el cirujano.
Claro que estaba ahí. Yo fui uno de los que armó el fogón, antes de que llegara Jesús. Sacamos la leña del boliche del vasco. Además nadie puede asegurar que otro no estaba ahí. No se puede saber. Cualquiera se arrimaba. No sé cuántos éramos pero no mucho más de una docena. Yo alucinaba con los cuentos de Jesús. Me perdía las cosas porque hacía fuerza para no olvidarme, hasta que me dejé ganar por el placer de escuchar. Que ĺheure est́il? Es hora de emborracharse. Mi Dios, mi soñador, sigue soñándome. Apártense, vacas, que la vida es corta. Para mí todo era nuevo. La banda cambiaba de nombre a cada toque. Nada nos conformaba. Cuando a Jesús se lo comieron los perros todo se volvió más urgente. Ahí surgió lo de las Ranas de Navidad, pero sonaba a canción de cuna: Duerme, duerme, ranita, que Jesús está en el campo, ranita. Entonces alguien paladeó Christmas Frogs, que tenía más otoño, sonaba más a hojas caídas y pisadas. Lo de los Christmas Frogs se refiere a eso, a que Jesús llegó y fue devorado en la Barra y nosotros no podemos hacer otra cosa que croar, que fue lo que hicieron los únicos testigos en ese momento.
Un forastero de ropas humildes y de barba espesa llegó en Nochebuena y no se mezcló con los ricos sino con aquellos que habían llegado a trabajar, por cierto en la peor temporada de la que se tiene memoria. Traía consigo, según múltiples testimonios, una buena cantidad de hierbas alucinógenas y las repartía entre todos aquellos que se abandonaban a los placeres de un mundo de ficción, provocado por los vapores de la droga. Por las playas magníficas se multiplicaron las orgías de drogas y de alcohol con aquel que no se sabía de dónde venía ni por qué había llegado. Ya al alba se retiró, sin que sus sonámbulos compañeros de juerga lo advirtieran, y erró por los caminos de la Barra, sin dudas perdido y confundido por los efluvios de las drogas y el alcohol. Algo en él había de extraño que estimuló un sentido perverso de los perros que cuidaban esas chacras, de tal manera que lo atacaron sin misericordia y lo dejaron maltrecho, al borde de la muerte. Fue llevado por manos anónimas y dejado en la puerta del hospital, moribundo. Allí lo atendieron y lograron mantenerlo con vida durante unos días, pero las heridas eran profundas y el desgraciado murió. Otras manos anónimas, o tal vez las mismas, lo sacaron del hospital. Y ya no se supo nada más de él. Que el Señor se apiade del alma de ese pecador. En ese tiempo se alimentó una leyenda perversa. Se empezó a incubar un sentimiento de veneración por ese infortunado. Aquellos momentos de euforia, vividos bajo el sopor de sustancias que alejan al hombre de la voluntad de Dios, son recordados ahora por algunos como enseñanzas del forastero. Yo pregunto: ¿Merece ese infeliz nuestra compasión? Sin dudas, la merece. Recemos por la paz de su alma. Tengamos piedad por los que, como él, han elegido un camino tan azaroso como el de intentar evadirse del mundo que creó el Señor, para vivir en las apariencias de un sueño inducido. Pero ¿eso quiere decir que debemos venerar a este desgraciado? ¿Erigirle un altar? ¿Equipararlo a nuestro Señor Jesucristo, que derramó su sangre humana para salvarnos? No. Yo les pido que digan conmigo: no, no, no: vade retro, falso profeta. Vade retro tú que nos quieres guiar por el camino de la alucinación y apartarnos de la senda de la Verdad. Y aquellos que llegan al templo de Dios y se prosternan ante el Salvador pero en realidad le hablan al otro, al involuntario impostor ¿han decidido darle la espalda al Creador, al Todopoderoso? ¿Serán, acaso, los falsos apóstoles de un aprendiz de hechicero? ¿Adorarán a ese miserable que encontró su fin sin darse cuenta siquiera de qué es lo que estaba pasando?
Sabíamos que era esperar a que se muriera pero no se moría. Un día entró una mujer a visitarlo. El doctor le dijo que el hombre no podría reconocerla pero ella insistió. Se le preguntó si lo conocía y ella dijo: “es mi maestro”. Entró a la habitación, le besó la mano, se persignó y salió en silencio. Yo me quedé muy impresionada. Mi madre estaba muy enferma y los médicos me habían dicho que no tenía oportunidades. Entonces le pedí a Jesús que la salvara. El doctor se reía. Yo no sé muy bien por qué se me ocurrió. De todas maneras no tenía nada que perder, así que se lo pedí, se lo pedí con todas mis fuerzas. Dicen que no se sabe dónde está Jesús ahora. Yo sé que está allá arriba. Mi madre se mejoró. Un día entré a la habitación a agradecerle pero no había nadie. Estaba vacía.
Investigué en la Barra durante un mes. Había por lo menos 50 personas que juraban haber estado en el mítico fogón de la playa Montoya. Reuní razonablemente a los doce que me parecieron más creíbles y les saqué una foto para la posteridad, en la playa, a la luz del amanecer y del fuego. Conseguí todo el merchandising: las remeras con Jesús crucificado en una hoja de marihuana, con los pies atados por el tallo y las manos también atadas por sendas puntas de la hoja, con la expresión de quien está dado vuelta; compré pipas de todo calibre y también el primer retrato. Llegué a tiempo para ver la galería French en llamas, aunque las fotos están más o menos, pero el pintor me dejó escanear los bocetos. Rescaté la polémica sobre la nacionalidad de Jesús. Tengo una pequeña biografía de cada uno de los apóstoles y agrupé los hechos que podían considerarse como milagros. Lo de los evangelios fue más complicado pero estoy seguro de que el tipo parafraseaba a Lovecraft, a Shakespeare y a Baudelaire. Es seguro que recitó Embriagaos, porque todos recuerdan aquello de que había que preguntarle a todos los seres vivos y muertos “¿qué hora es?” y la respuesta era “es hora de emborracharse”. ¿Qué hora es?, preguntaba Jesús. Hora de emborracharse, contestaba el coro, y qué hora es, hora de emborracharse. Pasó a ser una de las señas de identidad del grupo. También se repite una línea que tiene algo de enigmática para mí, pero la mandé porque pensé que los lectores podrían auxiliarme. Jesús hablaba de tres caminos paralelos: la pequeña rapiña, la gran hazaña y la quebrada de los valientes. No es fácil determinar el sentido, porque parece que Jesús no hablaba en tono moral y concluía sus discursos con carcajadas sonoras. Los apóstoles guardan retazos de esa doctrina y la interpretan de maneras diversas. Yo la dejé anotada así para el recuadro Apuntes para una biblia de la Barra: “La pequeña rapiña es el camino destinado a los hombres prudentes y la quebrada de los valientes es la incómoda región a la que pueden caer los temerarios que intentan la gran hazaña”. Tengo también un demo de Canción de Navidad, de los Christmas Frogs (jingle bells, jingle bells, dogs and drugs, fog and frogs, Jesus' dead, crying men). Los tipos suenan bien, aunque parezca mentira. Yo tengo una teoría, en realidad. El tipo era uno de esos profesores de literatura bohemios, que abundan en Uruguay. Iba camino a Cabo Polonio y se ambientó en la Barra. Eso explica la campera descolorida de COETC y los lentes de celofán rojo. Se ve que algo le cayó mal y se mareó. Habrá intentado seguir camino al Cabo hasta que se encontró con los perros.
Ya era de día pero había una niebla tremenda que apenas dejaba ver algo. Íbamos a llevar a Alexandra hasta el albergue y escuchamos los gritos. Atrás, bestias, atrás. Yo creí que era un show unipersonal ofrecido para las ranas. Jesús era capaz. Pero nos acercamos y lo que vimos parecía de National Geographic, una cosa espantosa: tres perros le estaban hincando el diente. Les puse la camioneta encima y bajé como un desesperado. Los perros zafaron. Jesús estaba vivo. Lo cargamos y lo llevamos al hospital. Nadie quería dar explicaciones, así que lo dejamos en la puerta de la emergencia y nos fuimos.
Yo siempre lo he visto todo como un gran cachondeo. Ese JB era guay del Uruguay. Ha salvado la temporada. Mira que yo he estado en fiestas de Navidad, pero aquella de la playa Montoya será difícil de igualar, te lo juro. El tío tenía un flipe encima que no veas. No paraba: lo mismo pasaba de un texto clásico a otro descojonante y luego un relato tenebroso y entonces un gran sermón que nos dejaba a todos pensando en nuestras vidas pasadas, presentes y futuras. Nada, que cambiaba de idioma como quien pestañea y todo parecía quedarle bien. A mí me ha impresionado aquello de we don’t call it ganja, we call it the herb. Y la música de esos chavales que tenían tambores africanos, vamos, que era alucinante. Es que la marihuana ésa te digo que es mucho mejor que el chocolate, estábamos todos dale que te pego y we dont’t call it ganja, we call it the herb. Pero yo no pensaba en ningún mesías, mira, que con todo respeto, a mí eso del niño y la leche de María y las Navidades me tiene un poco ya hasta los cojones, tú sabes, no me da ninguna nostalgia pensar que allí en mi pueblo es un villancico detrás del otro. Sin embargo he posado muy orgulloso para la foto del periodista, apóstol y a mucha honra, como se suele decir. Pero bueno, las cosas se han puesto más serias cuando me ha llamado Alexandra, que se escuchaba fatal. Quería que nos viéramos esa madrugada en la Barra. Nos hemos reunido en la Ancap. Y, joder, te lo digo de verdad, aquello ha sido algo que... nada, que lo diga Bautista. Ya no es cachondeo, mira, que ya no sé qué irá a pasar con nosotros, de verdad, no lo sé.
Era el amanecer. La niebla era perfecta. Apenas se veía el camino, que yo hacía en eses, y por momentos cayendo y rodando. Sólo se escuchaban las ranas. Intuí el mar hacia la derecha y caminé y seguí caminando y no aparecía nada, hasta que de repente vi dos ojos amarillos a la altura de los de un perro. No me detuve pero empecé a andar más lento, hacia el perro, que apenas se ladeaba y caminaba, de manera que yo estaba siempre a la misma distancia. Todavía no había visto a los otros dos pero aparecieron. Yo giraba y caminaba. Era fascinante. Vi que se me acercaban más y uno se me abalanzó. Yo lo rechacé y apenas tuve tiempo para enfrentar al otro y ya había un tercero que se prendía de mi carne. Y me dolió. Y sangré sangre humana. Mis últimas palabras fueron: atrás, atrás bestias, atrás. Y ya no recuerdo nada más. Salvo que pensaba. Pensaba: soy el que soy. Soy el que soy. Como Jonathan Swift. Como Jesús.
Saturday, July 11, 2009
¿Y tu cadáver?
Lo despertó una mosca demasiado grande, que trabajaba a conciencia en su frente ensangrentada. Cabrales la espantó con el brazo. Hizo un gran esfuerzo de voluntad para incorporarse pero no logró moverse. Sentía un dolor de cabeza intenso. Trató de pensar. Estaba en el suelo. Miró hacia un costado y vio la mesa dada vuelta y vidrios rotos por todo el piso. Hizo un esfuerzo supremo y logró sentarse pero entonces el dolor de cabeza fue atroz. Las paredes estaban manchadas de rojo violáceo. Había un olor nauseabundo que le daba vuelta las entrañas. La habitación giraba. Cerró los ojos. Todavía era incapaz de pensar.
Por la ventana que daba al fondo entraba el sol. Era de tarde. Revisó sus heridas. Tenía los brazos raspados y la camisa rota pero el único problema serio, aparentemente, era la herida de la cabeza. La sangre estaba seca pero no podía saber qué tan profunda era. Había vidrios y lozas por todos lados. Se paró y perdió el equilibrio, pero pudo sostenerse contra la pared. Tambaleó hasta el baño, se bajó los pantalones y se sentó en el water. Ni siquiera intentaba pensar. Le solía suceder antes de despertarse del todo, cuando tenía una gran resaca. Miraba la destrucción y pensaba en que sería imposible encontrar la cámara de fotos en ese escándalo.
El baño estaba intacto. Manoteó una Rolling Stone del revistero pero ni siquiera la pudo hojear. Se quedó una hora sentado en el water, dormido y despierto. Pudo levantarse y se fue hasta la ducha. Abrió la canilla fría y se metió. La herida era superficial. El frío lo reconfortó. Sentía puntadas agudas en la cabeza pero podía concentrarse un poco más. Tenía que bañarse y se lo tomó en serio. La sangre se escurrió por el desagüe a lo Hitchcock. Sólo había una toalla chica Se secó con fuerza y salió del baño hacia el cuarto. La cama estaba desecha. El colchón había sido destripado y era un amasijo de resortes recostado contra la pared. La gran cama de madera no estaba. Sólo había astillas por todos lados. La ventana también había sido destrozada y las mesitas de luz tampoco estaban. Pero el placard empotrado en la pared permanecía intacto, aunque manchado de vino y tal vez de sangre. Lo abrió y sacó el traje nuevo, sin usar, que había comprado en Buenos Aires. Sacó una camisa blanca y la plancha y la tabla y actuó con prolijidad. Salió del cuarto con la corbata perfectamente anudada; una corbata italiana pintada a mano que le había regalado Cecilia. Entonces creyó que empezaba a recordar. ¿Cecilia haciendo equilibrio con una damajuana de cinco litros de vino tinto sobre la cabeza, los ojos abiertos, mientras volaban las piezas del ajedrez de jade?
Tenía que llamar por teléfono al trabajo. El cable del teléfono descansaba junto a los restos del televisor. Buscó el tubo como si fuera algo necesario. Vio una montaña de libros tal como habían quedado luego de que la biblioteca se fuera al suelo. Había también libros despedazados y tomó una hoja suelta: “Vamos a matar a Marge, Vic –dijo el hombre- Si dejas de vigilarla un solo instante, en cualquier parte, nos haremos con ella. El diablo necesita a Marge, Vic. Tú has perdido el derecho a ella por cretino y por puerco, por joder con otra. Tienes que pagar por ello, Vic”. Sintió una puntada en la cabeza. Tiró la página al suelo.
La cocina era impenetrable. Terminó de peinarse, con mucho cuidado, frente a un pedazo de espejo del aparador del living. Pudo encontrar los lentes de sol. Salió a la calle. Necesitaba tomarse un café. Sacó 600 pesos del cajero automático y se tomó un taxi al Centro. En el taxi pensaba en lo que había leído. Era un cuento, un cuento de Ford, Richard Ford. ¿Cuál era el título? No importa, pero ¿qué pasaba? ¿Quién quería matar a Marge y por qué? El dolor de cabeza era inmenso. Eran los amigos de la vecina, unos motoqueros diabólicos. Sí, la vecina del tipo, Vic, que se había quedado sola en la casa y lloraba, entonces Vic la fue a consolar y después empezó a ser acosado por los motoqueros satánicos. ¿Cómo terminaba la historia? Se dio cuenta de que el taxi iba derecho al diario. Le dijo que parara. El reloj marcaba 16:00.
Se bajó frente a la cantina del vasco. Subió las escaleras de mármol, empujó la puerta de vidrio y entró al gran salón. El vasco levantó los lentes de las cuentas y empezó a protestar pero él le dijo que no iba a comer, que quería un café gigante y el teléfono. El vasco entendió. ¿Andrés? Se me complicó. ¿Cómo anda todo? Se apretó las sienes mientras escuchaba. ¿Puedo ir directo y encontrarme con el fotógrafo ahí? Bueno, nos vemos más tarde. Tenía tiempo de tomar el café y no tendría que pasar por la redacción inmediatamente. A las 5 en la explanada de la Intendencia, una protesta de los basureros, con sus camiones. El café le sentó bien pero le latía la cabeza Se quedó mirando la calle San José, la gente que entraba y salía de la galería que daba a la plaza Libertad. Era un día espléndido pero Cabrales lo miraba como si estuviera en el cine, filtrado por los lentes. –Vos estás acá ¿y tu cadáver? ¿dónde está? –le decía el vasco, parado al lado de la mesa. –Es así. Si yo soy ahorrista, tengo derecho a exhumarte. El vasco sonreía, esperando que Cabrales le siguiera el juego. Hablaba de actualidad. Se refería al banquero que había estafado a medio país, había ido a la cárcel y de la cárcel al hospital y del hospital al cementerio y ahora los estafados estaban poniendo en duda los hechos y pedían la exhumación del cadáver, temerosos de que los hubiera estafado otra vez y estuviera vivo para seguirlos estafando. Pero Cabrales todavía estaba pensando en la primera pregunta, ¿dónde estaba su cadáver? “Estoy dando vueltas como un perro alrededor de mi cadáver”, pensó y se acordó de que tenía que comprar una libreta.
Salió despacio hasta la explanada. Compró un block y una lapicera en una papelería que estaba por cerrar para siempre. Cuando llegó no había nada todavía, Era temprano. Se sentó en un banco con el block colgado de la mano, ¿Martha. Elbio, Rocío, Magadalena, Ricardo, Cecilia y los dos Gustavos se tiran de la azotea y caen, podridos, reventados de risa y de sangre en el patio? Empezaron los bocinazos, seguidos por la hilera de camiones anaranjados. Hubo una proclama, aplausos, insultos. Cabrales garabateaba en su block flamante. Pensaba en el mínimo esfuerzo para lograr los 30 centímetros, con foto grande, un recuadro con los datos sobre toneladas de basura, sistema de contenedores y convenio de salarios.
Llegó al diario a la hora pico y nadie le prestó mucha atención. Había un ambiente animado, como de fiesta. Era viernes. -¿Y? Preguntó Andrés y casi sin esperar respuesta, informó: 30 centímetros y un recuadrito con los números. “Los basureros están con bronca. Sienten que la campaña de modernización de la recolección de residuos que inició la Intendencia, amenaza sus fuentes laborales. Primero fue la reducción de los empleados por camión, de tres a dos, y luego el sistema mecánico entre camión y contenedores, que se usa en la parte civilizada del mundo. El Municipio, además, decidió denunciar el convenio de salarios firmado en 1999, por el cual...”. Un poco de color, con el contraste de la retórica de los recolectores y los jerarcas municipales, una sugerencia melancólica sobre la ideología del progreso y nos vamos. Andrés corrigió y sustituyó la bronca por descontento, eliminó los posibles altercados entre civilización y barbarie, apagó el color y se deshizo de sugerencias y melancolía.
Cuando salió del diario era noche cerrada y había refrescado. Necesitaba dormir, pensó. Pero sólo se acordó de que no había cama cuando llegó. Despejó una zona del suelo de vidrios y de mugre y se acostó entre dos frazadas. Se despertó temprano, con hambre.
“La muerte empieza a los 40”. Sí, se acordó. Su propio cumpleaños. A Magdalena se le ocurrió la idea de cantar el cumpleaños feliz cuarenta veces. Quedaron los íntimos y brindaron con ron y un papelito de ácido en cada vaso, cortesía de Marcelo. Entonces recordó el estruendo del teléfono hecho trizas contra el suelo. Lo tomó de sorpresa pero no pudo pensar mucho tiempo en el asunto, porque tuvo que salir con rapidez para que el cristalero no le partiera la cabeza. Eso sí que hizo ruido. Todos estaban encantados. Volvió a sentir la excitación de la destrucción última, la urgencia de protagonizar un momento histórico. Recordó la damajuana de diez litros de tinto que alcanzó en medio del estruendo de la guerra y la reventó a quemarropa contra una pared vacía y se llenó de vino y de sangre entre los festejos. Ya había dos que agarraban la mesa de roble y la daban contra el gran espejo de pie, sin lograr resultados la primera vez. Pero el segundo intento fue una fiesta de vidrios rotos. Los pedazos de espejo volaban y se armó la guerrilla.
Ahora estaba todo más claro. Su subieron a la azotea por las rejas de la ventana del cuarto y se armó un pogo en la azotea hasta que se empezaron a tirar al patio de baldosas. ¿Y después? Le molestaba la idea de que todo había sucedido después y no podía recordar. Se bañó, se puso un jogging y se fue al bolichito de enfrente al Clínicas. Pidió el capuchino y dos pancongrasas y llamó a Magadalena. Le dejó mensaje en el contestador, una referencia al paisaje después de la batalla. Se arrepintió inmediatamente. Tendría que ser más cuidadoso. No llamó a nadie más.
Pasó el resto del día recogiendo los escombros de la fiesta. Cayó agotado sobre la frazada.
Ese domingo empezaba a trabajar a las tres de la tarde. Se levantó a las 11 y salió para la casa de su madre. Había llegado Estela de visita, su hermana mayor, que vivía en España. -Oh, mi hermanito preferido, el cuarentón, saludó Estela. ¿Cómo terminó ese cumpleaños? Terminó, contestó Cabrales. ¿Te puedo acariciar como a un gato? Preguntó Estela, mientras le pasaba la mano por la cabeza. No pudo dejar de notar la herida, disimulada en el pelo. Durante la comida se habló de las viejas épocas, como quien revisa un álbum de fotos. Se habló de su casa y Estela recordó que había vivido en la pieza del fondo. “Ahora no vive nadie en la pieza del fondo, pensó Cabrales y recordó todo. Armó el puzzle completo. –No sabés lo lindo que eras vos cuando naciste. Ya tenías cara de nene, no esa cosa arrugada como un bicho peludo que era tu hermana Irma. Yo no podía creer cuando la miraban y decían, ‘ay, qué lindo bebé’ y yo pensaba ¿lindo bebé esa cosa inmunda? Cabrales no podía entender, porque estaba escuchando a su limpia memoria. Ahora no vive nadie en la pieza del fondo.
Se fue directo al trabajo. Tenía que ocuparse de editar el informe. Estaba a cargo de la sección, que tenía que ver con la ciudad, con dos áreas de información fijas, que eran violencia y municipales. La única página abierta era la de violencia, a la espera de lo que ocurriera. Había que editar el informe central sobre drogas. Diagramar la página, elegir las fotos, titularlo y ocuparse de que todo encajara. Cabrales pudo concentrarse en la tarea hasta que entró el murciélago. Era la segunda vez que pasaba. El Centro de Montevideo era uno de los lugares preferidos de estos animales, que reinaban en los depósitos polvorientos y oscuros, las galerías abandonadas, los edificios viejos con cartel de ‘se vende’. “Ese bicho tiene sed”, bromeó alguien, pero Cabrales estaba paralizado. Los vuelos rasantes del roedor alado lo dejaron frío e inmóvil, entre algún grito femenino que disimuló su pánico.
Cabrales llegó a su casa decidido a redactar la confesión. “Tengo que ir al grano porque no hay tiempo. Asesiné a mis mejores amigos. Sus cadáveres están en la pieza del fondo. Fue en la fiesta de mi cumpleaños de 40. No recuerdo cómo ni por qué lo hice. Ya había estado internado dos veces en un psiquiátrico por ‘trastornos de la personalidad agravados por el alcohol y las drogas’. Pero nunca había pasado de comer flores de los jardines o parar un patrullero desnudo con una botella de champán en la mano. Ahora llegué al final. Ya escucho los golpes en la puerta. Entre los que murieron están todos los que creo que me quisieron en vida, quienes supieron apreciar lo que yo mismo nunca pude del todo. En ellos pienso ahora”.
Se levantó despacio ignorando la urgencia que exigían los golpes. Abrió. Ahí estaban todos, gritando “sorpresa” con todos los signos de exclamación de las series costumbristas yankees. Ahí estaban todos, radiantes, sus amigos de siempre, y Cecilia había tenido la delicadeza de llevar el champagne bien frappé.
Por la ventana que daba al fondo entraba el sol. Era de tarde. Revisó sus heridas. Tenía los brazos raspados y la camisa rota pero el único problema serio, aparentemente, era la herida de la cabeza. La sangre estaba seca pero no podía saber qué tan profunda era. Había vidrios y lozas por todos lados. Se paró y perdió el equilibrio, pero pudo sostenerse contra la pared. Tambaleó hasta el baño, se bajó los pantalones y se sentó en el water. Ni siquiera intentaba pensar. Le solía suceder antes de despertarse del todo, cuando tenía una gran resaca. Miraba la destrucción y pensaba en que sería imposible encontrar la cámara de fotos en ese escándalo.
El baño estaba intacto. Manoteó una Rolling Stone del revistero pero ni siquiera la pudo hojear. Se quedó una hora sentado en el water, dormido y despierto. Pudo levantarse y se fue hasta la ducha. Abrió la canilla fría y se metió. La herida era superficial. El frío lo reconfortó. Sentía puntadas agudas en la cabeza pero podía concentrarse un poco más. Tenía que bañarse y se lo tomó en serio. La sangre se escurrió por el desagüe a lo Hitchcock. Sólo había una toalla chica Se secó con fuerza y salió del baño hacia el cuarto. La cama estaba desecha. El colchón había sido destripado y era un amasijo de resortes recostado contra la pared. La gran cama de madera no estaba. Sólo había astillas por todos lados. La ventana también había sido destrozada y las mesitas de luz tampoco estaban. Pero el placard empotrado en la pared permanecía intacto, aunque manchado de vino y tal vez de sangre. Lo abrió y sacó el traje nuevo, sin usar, que había comprado en Buenos Aires. Sacó una camisa blanca y la plancha y la tabla y actuó con prolijidad. Salió del cuarto con la corbata perfectamente anudada; una corbata italiana pintada a mano que le había regalado Cecilia. Entonces creyó que empezaba a recordar. ¿Cecilia haciendo equilibrio con una damajuana de cinco litros de vino tinto sobre la cabeza, los ojos abiertos, mientras volaban las piezas del ajedrez de jade?
Tenía que llamar por teléfono al trabajo. El cable del teléfono descansaba junto a los restos del televisor. Buscó el tubo como si fuera algo necesario. Vio una montaña de libros tal como habían quedado luego de que la biblioteca se fuera al suelo. Había también libros despedazados y tomó una hoja suelta: “Vamos a matar a Marge, Vic –dijo el hombre- Si dejas de vigilarla un solo instante, en cualquier parte, nos haremos con ella. El diablo necesita a Marge, Vic. Tú has perdido el derecho a ella por cretino y por puerco, por joder con otra. Tienes que pagar por ello, Vic”. Sintió una puntada en la cabeza. Tiró la página al suelo.
La cocina era impenetrable. Terminó de peinarse, con mucho cuidado, frente a un pedazo de espejo del aparador del living. Pudo encontrar los lentes de sol. Salió a la calle. Necesitaba tomarse un café. Sacó 600 pesos del cajero automático y se tomó un taxi al Centro. En el taxi pensaba en lo que había leído. Era un cuento, un cuento de Ford, Richard Ford. ¿Cuál era el título? No importa, pero ¿qué pasaba? ¿Quién quería matar a Marge y por qué? El dolor de cabeza era inmenso. Eran los amigos de la vecina, unos motoqueros diabólicos. Sí, la vecina del tipo, Vic, que se había quedado sola en la casa y lloraba, entonces Vic la fue a consolar y después empezó a ser acosado por los motoqueros satánicos. ¿Cómo terminaba la historia? Se dio cuenta de que el taxi iba derecho al diario. Le dijo que parara. El reloj marcaba 16:00.
Se bajó frente a la cantina del vasco. Subió las escaleras de mármol, empujó la puerta de vidrio y entró al gran salón. El vasco levantó los lentes de las cuentas y empezó a protestar pero él le dijo que no iba a comer, que quería un café gigante y el teléfono. El vasco entendió. ¿Andrés? Se me complicó. ¿Cómo anda todo? Se apretó las sienes mientras escuchaba. ¿Puedo ir directo y encontrarme con el fotógrafo ahí? Bueno, nos vemos más tarde. Tenía tiempo de tomar el café y no tendría que pasar por la redacción inmediatamente. A las 5 en la explanada de la Intendencia, una protesta de los basureros, con sus camiones. El café le sentó bien pero le latía la cabeza Se quedó mirando la calle San José, la gente que entraba y salía de la galería que daba a la plaza Libertad. Era un día espléndido pero Cabrales lo miraba como si estuviera en el cine, filtrado por los lentes. –Vos estás acá ¿y tu cadáver? ¿dónde está? –le decía el vasco, parado al lado de la mesa. –Es así. Si yo soy ahorrista, tengo derecho a exhumarte. El vasco sonreía, esperando que Cabrales le siguiera el juego. Hablaba de actualidad. Se refería al banquero que había estafado a medio país, había ido a la cárcel y de la cárcel al hospital y del hospital al cementerio y ahora los estafados estaban poniendo en duda los hechos y pedían la exhumación del cadáver, temerosos de que los hubiera estafado otra vez y estuviera vivo para seguirlos estafando. Pero Cabrales todavía estaba pensando en la primera pregunta, ¿dónde estaba su cadáver? “Estoy dando vueltas como un perro alrededor de mi cadáver”, pensó y se acordó de que tenía que comprar una libreta.
Salió despacio hasta la explanada. Compró un block y una lapicera en una papelería que estaba por cerrar para siempre. Cuando llegó no había nada todavía, Era temprano. Se sentó en un banco con el block colgado de la mano, ¿Martha. Elbio, Rocío, Magadalena, Ricardo, Cecilia y los dos Gustavos se tiran de la azotea y caen, podridos, reventados de risa y de sangre en el patio? Empezaron los bocinazos, seguidos por la hilera de camiones anaranjados. Hubo una proclama, aplausos, insultos. Cabrales garabateaba en su block flamante. Pensaba en el mínimo esfuerzo para lograr los 30 centímetros, con foto grande, un recuadro con los datos sobre toneladas de basura, sistema de contenedores y convenio de salarios.
Llegó al diario a la hora pico y nadie le prestó mucha atención. Había un ambiente animado, como de fiesta. Era viernes. -¿Y? Preguntó Andrés y casi sin esperar respuesta, informó: 30 centímetros y un recuadrito con los números. “Los basureros están con bronca. Sienten que la campaña de modernización de la recolección de residuos que inició la Intendencia, amenaza sus fuentes laborales. Primero fue la reducción de los empleados por camión, de tres a dos, y luego el sistema mecánico entre camión y contenedores, que se usa en la parte civilizada del mundo. El Municipio, además, decidió denunciar el convenio de salarios firmado en 1999, por el cual...”. Un poco de color, con el contraste de la retórica de los recolectores y los jerarcas municipales, una sugerencia melancólica sobre la ideología del progreso y nos vamos. Andrés corrigió y sustituyó la bronca por descontento, eliminó los posibles altercados entre civilización y barbarie, apagó el color y se deshizo de sugerencias y melancolía.
Cuando salió del diario era noche cerrada y había refrescado. Necesitaba dormir, pensó. Pero sólo se acordó de que no había cama cuando llegó. Despejó una zona del suelo de vidrios y de mugre y se acostó entre dos frazadas. Se despertó temprano, con hambre.
“La muerte empieza a los 40”. Sí, se acordó. Su propio cumpleaños. A Magdalena se le ocurrió la idea de cantar el cumpleaños feliz cuarenta veces. Quedaron los íntimos y brindaron con ron y un papelito de ácido en cada vaso, cortesía de Marcelo. Entonces recordó el estruendo del teléfono hecho trizas contra el suelo. Lo tomó de sorpresa pero no pudo pensar mucho tiempo en el asunto, porque tuvo que salir con rapidez para que el cristalero no le partiera la cabeza. Eso sí que hizo ruido. Todos estaban encantados. Volvió a sentir la excitación de la destrucción última, la urgencia de protagonizar un momento histórico. Recordó la damajuana de diez litros de tinto que alcanzó en medio del estruendo de la guerra y la reventó a quemarropa contra una pared vacía y se llenó de vino y de sangre entre los festejos. Ya había dos que agarraban la mesa de roble y la daban contra el gran espejo de pie, sin lograr resultados la primera vez. Pero el segundo intento fue una fiesta de vidrios rotos. Los pedazos de espejo volaban y se armó la guerrilla.
Ahora estaba todo más claro. Su subieron a la azotea por las rejas de la ventana del cuarto y se armó un pogo en la azotea hasta que se empezaron a tirar al patio de baldosas. ¿Y después? Le molestaba la idea de que todo había sucedido después y no podía recordar. Se bañó, se puso un jogging y se fue al bolichito de enfrente al Clínicas. Pidió el capuchino y dos pancongrasas y llamó a Magadalena. Le dejó mensaje en el contestador, una referencia al paisaje después de la batalla. Se arrepintió inmediatamente. Tendría que ser más cuidadoso. No llamó a nadie más.
Pasó el resto del día recogiendo los escombros de la fiesta. Cayó agotado sobre la frazada.
Ese domingo empezaba a trabajar a las tres de la tarde. Se levantó a las 11 y salió para la casa de su madre. Había llegado Estela de visita, su hermana mayor, que vivía en España. -Oh, mi hermanito preferido, el cuarentón, saludó Estela. ¿Cómo terminó ese cumpleaños? Terminó, contestó Cabrales. ¿Te puedo acariciar como a un gato? Preguntó Estela, mientras le pasaba la mano por la cabeza. No pudo dejar de notar la herida, disimulada en el pelo. Durante la comida se habló de las viejas épocas, como quien revisa un álbum de fotos. Se habló de su casa y Estela recordó que había vivido en la pieza del fondo. “Ahora no vive nadie en la pieza del fondo, pensó Cabrales y recordó todo. Armó el puzzle completo. –No sabés lo lindo que eras vos cuando naciste. Ya tenías cara de nene, no esa cosa arrugada como un bicho peludo que era tu hermana Irma. Yo no podía creer cuando la miraban y decían, ‘ay, qué lindo bebé’ y yo pensaba ¿lindo bebé esa cosa inmunda? Cabrales no podía entender, porque estaba escuchando a su limpia memoria. Ahora no vive nadie en la pieza del fondo.
Se fue directo al trabajo. Tenía que ocuparse de editar el informe. Estaba a cargo de la sección, que tenía que ver con la ciudad, con dos áreas de información fijas, que eran violencia y municipales. La única página abierta era la de violencia, a la espera de lo que ocurriera. Había que editar el informe central sobre drogas. Diagramar la página, elegir las fotos, titularlo y ocuparse de que todo encajara. Cabrales pudo concentrarse en la tarea hasta que entró el murciélago. Era la segunda vez que pasaba. El Centro de Montevideo era uno de los lugares preferidos de estos animales, que reinaban en los depósitos polvorientos y oscuros, las galerías abandonadas, los edificios viejos con cartel de ‘se vende’. “Ese bicho tiene sed”, bromeó alguien, pero Cabrales estaba paralizado. Los vuelos rasantes del roedor alado lo dejaron frío e inmóvil, entre algún grito femenino que disimuló su pánico.
Cabrales llegó a su casa decidido a redactar la confesión. “Tengo que ir al grano porque no hay tiempo. Asesiné a mis mejores amigos. Sus cadáveres están en la pieza del fondo. Fue en la fiesta de mi cumpleaños de 40. No recuerdo cómo ni por qué lo hice. Ya había estado internado dos veces en un psiquiátrico por ‘trastornos de la personalidad agravados por el alcohol y las drogas’. Pero nunca había pasado de comer flores de los jardines o parar un patrullero desnudo con una botella de champán en la mano. Ahora llegué al final. Ya escucho los golpes en la puerta. Entre los que murieron están todos los que creo que me quisieron en vida, quienes supieron apreciar lo que yo mismo nunca pude del todo. En ellos pienso ahora”.
Se levantó despacio ignorando la urgencia que exigían los golpes. Abrió. Ahí estaban todos, gritando “sorpresa” con todos los signos de exclamación de las series costumbristas yankees. Ahí estaban todos, radiantes, sus amigos de siempre, y Cecilia había tenido la delicadeza de llevar el champagne bien frappé.
Camello ciego
“Fortuna en los juegos de azar”.
La bruja se dio por satisfecha con ese augurio alentador. Micaela se quedó mirando su propia mano, como si quisiera descubrir en las líneas los números ganadores del próximo sorteo. Era el turno de Ricardo. Esta vez la bruja leyó la palma en silencio y luego lo miró a los ojos.
“Serás traicionado por la persona de quien menos sospechas”.
Gaspar no se pudo contener.
“Vamos mejorando”, dijo. “De la fortuna a la traición. Para mí un viaje, por favor. O un encuentro inesperado, por lo menos”.
Decía esto mientras estiraba la mano. La bruja ni siquiera la tomó entre las suyas. Apenas una breve mirada.
“Sí, un viaje”, dijo. “Un viaje largo, después del cual cambiarás radicalmente tu forma de pensar”. Gaspar consideró oportuno hacer una serie de consideraciones de tipo fisiológico sobre la forma en que cambiaría de funcionar su cerebro luego del misterioso viaje. Pero no vienen al caso. Le tocaba a Efe. La bruja le tomó la mano pero se la cerró enseguida.
“Lo siento, estoy cansada”, dijo.
Protestamos, sin éxito. El próximo era yo, pero no había nada que hacerle.
“Tenemos que brindar por los novios”, le dije a Efe.
“Sí, es urgente”, dijo Efe.
Nos abrimos paso hacia el champagne y levantamos nuestras copas.
“¿Qué dirán las manos de esos infelices?”, pregunté.
“¿Por qué me cerró la mano?”, dijo Efe.
“Estaba cansada”, contesté.
Dicho así parece todo muy solemne, pero lo cierto es que ninguno de nosotros creía en el destino escrito en la palma de la mano. Es verdad que Gaspar ganó una beca de postgrado en París, un mes después, pero eso no asombró a nadie. Gaspar era un genio y tenía que viajar para aprender. Lo despedimos como corresponde, en una fiesta sin bruja, en la que todos los augurios eran venturosos.
A los tres meses llegó la carta desde París. Me la mandó a mí. Era una foto escrita del lado de atrás, a manera de postal. Gaspar estaba de rodillas en un parque o algo así. Era la primera vez que lo veía de barba, pero el detalle revelador era el crucifijo de marfil que le colgaba del cuello. Ahí estaba el abanderado del método científico, el hombre que sostenía que la materia guardaba todos los secretos del universo y que era hora de que la especie superior del planeta asumiera la responsabilidad que le tocaba. “Nosotros somos los dioses”, vociferaba, si se llegaba a tocar el tema. Y ahora me miraba con ojos de cordero, de rodillas sobre el pasto, luciendo la efigie del “Rey de los Judíos”, como él lo llamaba, a la manera romana. Di vuelta la foto con temor y esperanza. Todavía esperaba que el texto aclarara la broma.
“Querido hermano: Todo sucedió de repente. Te pido que me escuches porque ahora sé algo que cambió mi vida para siempre y podría cambiar la tuya, si lo permitieras”.
Yo ya había perdido las esperanzas pero seguí leyendo y me enteré del encuentro de Gaspar con el propio Jesús. Parece que Gaspar soñó y en el sueño discutía con el Salvador, hasta que se quedó sin palabras. Al despertar Gaspar recordaba las enseñanzas recibidas y había tomado la decisión de divulgarlas. La cosa seguía, pero creo que ya se entiende la idea. Gaspar había hecho un largo viaje y había cambiado radicalmente su forma de pensar. Yo lo sentí como una pérdida irreparable. Según mi forma de pensar, el universo era tan complejo que hasta podía ser que tanta gente tuviera razón y que este ilustre revolucionario judío fuera, en realidad, el hijo del dios verdadero y Dios él mismo, como reza el dogma. Pero convertir a Gaspar en un misionero era una crueldad, fuera de quien fuera la culpa. Eso no me lo sacaba nadie de la cabeza. Decidí guardar la carta y cerrar la boca.
A los dos días me llamó Efe.
“Recibí carta de Gaspar”, dijo.
Elegí el silencio como respuesta.
“Está decidido a salvarme”, gritó.
“Sí, ya sé. Quiere salvarnos a todos”.
Minutos después, Efe estaba en casa.
“Que yo sepa, hay tres posibilidades”, dijo, a manera de saludo.
Lo invité a pasar.
“Una, la más evidente, es que Gaspar se volvió loco, perdió contacto con la realidad. En ese caso la bruja tenía razón. El hombre hizo un largo viaje y cambió radicalmente su forma de pensar”.
Asentí.
“La segunda -continuó Efe- es que Gaspar no hace más que relatar la verdad de los acontecimientos. El mismísimo Jesús se le apareció en un sueño y Gaspar decidió dedicarse a divulgar la buena noticia. En ese caso la bruja también tenía razón.
A Efe le gustaba hablar. Se notaba que estaba preocupado.
“La tercera posibilidad es que Gaspar haya cambiado de estrategia, que haya decidido ilustrar en su propia persona la decadencia a la que conduce la fe, convirtiéndose en un fanático misionero que fue visitado en sus sueños por el Salvador. En este caso la bruja se habría equivocado, o se habría expresado mal. Gaspar no cambió radicalmente su forma de pensar sino la forma de expresar su pensamiento. De todos modos, si no acertó, la bruja pasó muy cerca”.
Efe hizo una pausa y se quedó mirándome, con una expresión muy suya, los ojos casi negros que inmovilizaban a la presa. Aunque esta vez el cazador tenía miedo.
“Eso nos llevaría a pensar que Micaela va a ganar la lotería, que Ricardo será traicionado por alguien muy cercano y que yo estuve a punto de enterarme de algo muy importante acerca de mi destino, de no haber mediado el repentino cansancio de la intérprete”.
Otra vez esa mirada.
“No es tan fácil”, intenté. “Está bien, la bruja acertó una. Pero eso no alcanza para desarrollar una teoría”.
“No, claro que no”, me sorprendió Efe. “Para ser una bruja decente tiene que adivinar todo. Todo. Si no sólo está dando manotazos en la oscuridad”.
A esta altura creo que se hace necesario aclarar quiénes éramos. Ricardo, Efe, Gaspar y yo habíamos sido compañeros de liceo nocturno y habíamos participado de una obra de teatro, de cuyo nombre no quiero acordarme. Creamos una cofradía que se dio en llamar Los Anacrónicos. Fiel a su nombre, el grupo se había mantenido luego de que abandonáramos las clases. Nos veíamos una vez por semana en un café del centro de la ciudad, con mesas redondas de mármol, frente a una plaza con un nombre que nos gustaba discutir: Libertad. Desde hacía un par de años nos juntábamos en una librería de viejo que me pertenecía. El nombre surgió en una reunión de Los Anacrónicos, “Utopía”, voz griega cuyo significado es “no hay tal lugar”, según definición de Quevedo, o “de eso no hay”, según definición de Ricardo, menos elegante pero tal vez más adecuada. Eso de no tener tiempo ni espacio nos maravillaba. Fuera de ese ámbito, todos teníamos entre 30 y 40 años y Ricardo era el único casado. Eran tiempos difíciles. El gobierno se había vuelto cada vez más autoritario y todos sabíamos que Ricardo y Efe conspiraban y seguramente tenían algo que ver con un grupo de resistencia urbana que pregonaba la justicia entre los hombres. No se hablaba de eso en las reuniones de Utopía. Lo más parecido a una teoría política que habíamos desarrollado se resumía en una frase que supimos por Borges y que pertenece a la más pura tradición anarquista: “Algún día mereceremos que no haya gobiernos”. Pero la realidad acechaba los muros de Utopía. Las acciones de los rebeldes se volvieron cada vez más osadas y llegaron a condenar y ejecutar a un asesor militar del gobierno que había llegado del extranjero, acusado de ser instructor de torturas. Las reuniones se suspendieron y yo perdí contacto con Ricardo y con Efe. Llegó el invierno, el más crudo que yo recordara. Yo había dejado de pensar en los Anacrónicos. Todo parecía urgente. Una mañana álgida, cuando estaba por salir a tasar una biblioteca, vi la carta. Era un sobre blanco vacío, pero estaba escrito por dentro: “En la frontera sin sombra”. Era un mensaje de los Anacrónicos. Le decíamos la frontera a una calle del centro de la ciudad que antaño definía el alcance de las balas de cañón disparadas desde la fortaleza. Por extensión, la frontera era una esquina en especial, el cruce con la avenida principal, donde había un bar con nombre anacrónico. Sin sombra sólo podía ser el mediodía. Me alegró la idea de que vería a Ricardo y a Efe en pocas horas. Y tenía una curiosidad inmensa. ¿En qué estarán? ¿Me pedirán algo? Eso me preocupaba. Pasé las próximas cuatro horas especulando. Llegué a la Frontera cuando faltaban dos minutos para las doce. Iba a entrar al bar, cuando vi a Ricardo que cruzaba la calle. Bajó la escalera de un viejo edificio venido a menos, el Palacio Siglos. Lo seguí. Era un sótano enorme, con diez de pistas de bolos y un bar con una docena de mesas, en una oscuridad casi total. Pedimos dos cafés en la barra y los llevamos a una mesa que tenía un cenicero sucio.
“Efe está adentro”, dijo Ricardo.
“¿Adentro de dónde?”, pregunté.
“Está guardado”, me explicó.
No dije nada.
“Me va a vender”.
Me quedé mirándolo.
“Me va a vender. Está escrito”, dijo, con una seriedad inconcebible, mientras me mostraba la palma de su mano derecha.
“No digas estupideces”, le dije, aunque me parecía que empezaba a entender de qué hablaba.
“Es él, es la persona en quien menos sospecho”.
“Bueno, no parece”, maticé.
“Esto es serio. Cuando la bruja lo dijo, yo pensé que podía sospechar de cualquiera menos de Amaro y de Efe. Y Amaro no puede ser. Amaro es un puro. Es una de las razones por las que Efe y yo estamos en esto. Llegué a hablarlo con Efe y él estaba de acuerdo. Me dijo que tenía que pensar en él, así quedaba fuera de la profecía. Y lo hice. Llegué a rezar para que Efe no cayera, pero no resultó”.
“¿Y Amaro?”
“Amaro está bien escondido. Además, Amaro es duro. De verdad. Amaro no duda. No cede. Y Efe estaba con miedo de que la bruja tuviera razón, pensaba que tal vez por eso le había cerrado la mano”.
Yo me quedé otra vez en silencio, pero reconozco que pensaba en cómo le iba a decir que no, si me pedía que lo ayudara. Eran tiempos difíciles. Pero no me quería pedir nada. Me quería alertar.
“Si Efe me vende, es probable que hable de los Anacrónicos, es probable que los lleve a Utopía”.
Me tomé el café de un sorbo. No era tan malo como esperaba.
“Yo no voy a hacer nada. No tiene sentido. Pero tu caso es distinto. Serás traicionado, pero eso no quiere decir que no puedas huir”, dije.
“Sí, ya lo arreglé. Sólo quería avisarte”.
Nos levantamos y nos dimos un abrazo. No nos deseamos nada. ¿Qué sentido tendría? Fue la última vez que lo vi.
Decidí que era hora de hacer una gran fogata. Quemé todo lo que pudiera considerarse “material subversivo”, según la jerga oficial. Seleccioné unos doscientos volúmenes y armé una hoguera en el patio de atrás de la librería, donde nos reuníamos los Anacrónicos en verano. Estuve fascinado durante horas, al calor del fuego. Aprendí que había que alimentarlo de a pocas hojas, para que no quedara vestigio de ninguna idea peligrosa. Ya había claridad cuando quemé el último, una serie de viñetas de Julio Cortázar, aventuras de seres imaginarios que pertenecían a especies imaginarias y se comportaban de manera absurda y contradictoria, en un universo también contradictorio y absurdo. Al fuego.
Los militares ya habían tomado el control y yo esperaba que llegaran en cualquier momento. Y llegaron.
Eran seis, de uniforme y armas largas, al mando de un tipo de mi edad, más o menos, que era el único autorizado a hablar. Me invitó a pasar al fondo. La librería tenía un corredor a la entrada, de unos diez metros de largo, con estantes de libros en oferta a la izquierda. Caminé escoltado por el jefe y empecé a escuchar el ruido de libros que caían al suelo. Al final del corredor había una sala amplia, con tres mesas de libros y las paredes cubiertas de anaqueles. Me indicó que me sentara y se quedó en silencio. Sólo se escuchaba el ruido de los libros que caían al piso. Pronto, los soldados llegaron a la sala. Traían algunos libros. Los acomodaron en el suelo y acometieron las mesas. Trabajaban rápido y sin hablarse. Yo tenía curiosidad por averiguar el criterio. La voz del jefe me sobresaltó.
“Utopía”, casi gritó. “¿Por qué?”
Yo no pude evitar un reflejo que teníamos los Anacrónicos cada vez que alguien preguntaba por qué algo se llamaba de la manera que se llamaba. Pensábamos en una escultura de Donatello, Il Gattamelata, un militar a caballo. El asunto había suscitado la curiosidad de los compatriotas del escultor, que se preguntaban: “Ma perché si chiama Il Gattamelata?”
“¿Le parezco gracioso?”, amenazó el jefe.
“No, claro que no”, me apresuré a contestar. “Es que me gusta la palabra, el hecho de que haya existido una palabra para designar un lugar que no existe: Utopía”.
Ahora era el jefe el que casi sonreía.
“Usted piensa que soy un bruto, ¿verdad?” Me hizo una seña para que no lo interrumpiera. “Un militar, una persona sin educación. Y tiene razón, hasta cierto punto. Pero hace poco me tocó presenciar un interrogatorio. Era un pobre infeliz, que empezó a decir incoherencias en cuando lo apretaron un poco. Nos impacientamos cuando arrancó con que el rey Gaspar se había entrevistado con el Niño Dios y que pronto llegaría montado en un camello ciego, al mando de un ejército de jesuitas, a edificar la utopía. Antes de moverlo, alguien le preguntó qué era eso y el tipo dijo: ‘De eso no hay’”.
El jefe hizo una pausa y se quedó mirándome con aire divertido. Yo ahora sí tenía miedo y suponía que se me notaba, pero no atinaba a decir nada, ni siquiera a pensar. Sólo seguía el ritmo monótono de los libros al caer.
“Déme un minuto, por favor”, dijo el jefe y se encaminó hacia el montón de los libros sospechosos. Me quedé petrificado. Me estaba hablando de Efe. Me estaba dejando que digiriera la información. Era el Inquisidor y me dejaba que imaginara los instrumentos, en lugar de mostrármelos. Me permitía que me torturara yo mismo. Y daba resultado. Empecé a conjeturar qué diría cuando me apretaran un poco, qué me preguntarían antes de moverme. Ya tenía ganas de gritar: “Basta, dejen de tirar libros”. Pero no hubiera podido. Estaba duro, martillado a la silla y al piso y las manos contra los muslos. Di la orden para que el dedo meñique de la mano derecha se moviera. Se movió. Pronto pude flexionar los cinco dedos y despegar la mano. Tanteé el bolsillo de la camisa en busca de cigarrillos. No estaban. Moví los ojos, que estaban fijos en una foto enorme y azul, del otro lado de la pieza. Los cigarrillos estaban sobre el mostrador, inalcanzables. ¿Qué habrán hecho con Efe? Terror. No tengo nada que decir, no sé nada. Utopía es una palabra que suena bien: cuatro vocales y sólo dos consonantes, diptongo quebrado, Ricardo y Efe, no sé. Morir, tengo que morirme de apuro. Si cargo ahora mismo contra esta manada, tal vez lo logre. Estuve una eternidad en ese estado, hasta que me interrumpió el Inquisidor.
“No, no se levante”, dijo.
Yo estaba quieto como una pared.
“Conocemos el camino”, añadió.
Mi expresión debía ser la del tipo más estúpido del planeta. El ruido había cesado. Los soldados estaban parados en actitud de espera. Todos los libros estaban en el suelo. El Inquisidor hizo una señal y los soldados empezaron a machar por el corredor.
“Mi consejo, si quiere escucharlo -me decía el Inquisidor- es que no tome muy en serio lo que dicen los libros. No se preocupe por lo que no existe. Concéntrese en la realidad. Piense en ese otro utópico del que le hablaba. Ahora está en el manicomio municipal”.
Hizo un gesto casi imperceptible, dio media vuelta y se fue. Me costó levantarme de la silla, pero lo logré. Estaba exhausto, dolorido, como si me hubieran molido a palos. Di unos pasos, pisando libros, hasta que me tiré en el suelo. Hice un montón con algunos de tapa blanda y apoyé la cabeza. Cuando me desperté era de día y el panorama era desolador.
Ese mismo día fui al manicomio. En el taxi pensaba en el Inquisidor. ¿Qué buscaba? No se llevó ningún libro. Él mismo lo dijo: no eran importantes. ¿Por qué me habló de Efe? ¿Por qué me dijo dónde estaba? ¿Me estarían esperando en el manicomio? ¿Qué habrá pasado con Ricardo? Era muy improbable que Efe pudiera haberles dado algún dato útil, después de la advertencia de la bruja. ¿Y si Efe no les había dicho nada y todo era una corazonada del Inquisidor y ahora yo lo estaba confirmando? Me afilié a la tesis fatalista. Si eso era lo que estaba escrito, eso haría. Después de todo, el Inquisidor y yo no éramos más que dos personajes en una trama de hierro y saludaríamos juntos cuando cayera el telón. Eso me animó.
Bajé del taxi frente a una estructura monumental, en forma de arco, con la mitad de los ladrillos a la vista. La puerta de rejas oxidadas estaba abierta y daba a un patio muy amplio, luego una escalera, baldosas blancas y negras, dos puertas cerradas, un corredor y otra puerta de rejas que daba a otro patio, esta vez custodiada por un viejo de pelo blanco, que me pareció que estaba dormido. Le expliqué mi propósito y me hizo firmar una planilla. Después me abrió y me dijo que entrara en la primera puerta a la izquierda. Yo empecé a caminar despacio. En el centro del patio había un cantero cuadrado, de unos diez metros de lado, con un nogal soberbio. Efe estaba sentado con las piernas juntas y siguiendo algún ritmo con el pie derecho, la mirada fija en una hoja caída en el suelo. Tenía la cara chupada, morada, amarilla. Me quedé un rato mirándolo. En un momento alzó los ojos. La reacción fue lenta. Los ojos se encendieron de a poco. La cara se ablandó.
“Hermano”, dijo.
Hablamos durante horas debajo del nogal. Efe articulaba con lentitud, pero se fue animando, fue cobrando seguridad poco a poco. Hablamos como si no nos hubiéramos visto en años. Repetimos las bromas, el viejo repertorio de los Anacrónicos. Efe le había puesto un poco más de color a su tendencia excéntrica habitual. Zapicán, por ejemplo.
“Vamos, Zapicán, salude al amigo”, dijo, en un momento, mirando hacia el suelo. Al cabo de una pausa, corrigió: “Está bien, Zapicán, haga el muertito”. Entonces me miró con un gesto de resignación y dijo: “Es un peregrino perro imaginario”, como si dijera: ‘¿Qué vamos a hacer con esta criatura extraordinaria, sino consentirle todos sus caprichos?’. Pero también hablamos de profecías y de inquisiciones.
“Era desesperante. Yo sólo pensaba en Ricardo. No lo voy a vender. No me lo van a sacar”. Me miró como preguntando si sabía de qué me hablaba. Asentí.
“Yo estaba luchando contra algo mucho más grande, mucho más poderoso que ellos, ¿se entiende?”
“Con gran claridad”.
Pausa. Larga. Yo trataba de no hacer ningún gesto de impaciencia.
“Llegó un momento en que creí que no iba a aguantar. Pensé que ya no importaba, que era hora de descansar. Estaba encapuchado, en una silla, sostenido por los brazos, helado, empapado. Me habían aplicado un par de métodos tradicionales. Todavía trataba de mantener la cabeza erguida, pero estaba en las últimas. Entonces apareció una voz nueva, que me decía que no la hiciera tan difícil, que no era conmigo, que si no cooperaba la cosa se iba a poner peor. Y yo empecé a prestar atención. Esa voz, el tono pausado, didáctico”.
Hizo otra pausa, esta vez deliberadamente teatral.
“Era Amaro”.
Para quienes conocen el contexto de este relato nunca hubo la menor duda de quién era el traidor. Amaro es célebre y precipitó la caída de todo el movimiento. Para mí fue una revelación. Era evidente que Ricardo había caído. Era evidente que Micaela se haría rica.
“Una bruja bastante decente”, dijo Efe.
Un tipo muy alto, flaco, descalzo, los ojos casi blancos, se acercó a una distancia insoportable. Efe lo ahuyentó con voz de mando.
“No pertenece a esta historia”, me explicó.
El tipo se alejó murmurando. Pudimos escuchar que decía: “Soy una buena persona”.
“Puede ser”, dijo Efe, en voz muy baja, como para sí. “Tranquilo, Zapicán”. Efe encendió un cigarrillo que tenía a medio fumar. Inhaló profundo y me miró fijo.
“Yo no era el traidor, ¿te das cuenta? Era el héroe”.
“Sí, me doy cuenta”. Yo también estaba emocionado.
“El encapuchado era el héroe. Los miserables eran ellos. Ya no había dolor ni frío ni oscuridad ni desesperación ni derrota. Era mi momento. Toda la vida esperando. Les tiré con el código de los Anacrónicos, para que fueran llevando: ‘Pagaremos el tributo con nuestras viejas espadas’”.
Efe me miraba con ojos de loco. Yo saboreaba la sentencia, en este contexto alucinante. Otra deuda con Borges. Era la respuesta de la pequeña tribu de bárbaros a los poderosos que exigían un impuesto por la fuerza. Ahí estaba la patria, el honor, el coraje. Efe me contó cómo siguió vociferando, incluso en pleno tratamiento, cada vez que podía abrir la boca. Hasta que perdió el conocimiento y lo recuperó en el manicomio. Ya caía el sol cuando me despidió. Me dijo que me había estado esperando y que quería pedirme algo.
“Me gustaría que escribieras algo sobre todo esto. Que quedara claro que el encapuchado era el héroe”
“Está bien”, le dije.
Pude darle un abrazo.
Me tomó unos cuantos años cumplir el encargo. Efe se suicidó días después de nuestro encuentro. Dejó un sobre con una hoja que decía: “Muy rico todo”. No quiero hablar del tema. Ricardo fue liberado cinco años después y se fue a Suecia. No supe nada más. Gaspar escribe, cada tanto. La última vino de Angola, donde cumplía una misión a las órdenes directas del Gran Jefe. Los militares duraron diez años en el poder, un poco más, y lo fueron entregando de a poco. Ya no hay tanto miedo ni tanta esperanza. A mí no me volvieron a visitar. Una mañana me pareció que vi al inquisidor pero no sé si era. Amaro desapareció de escena. Me pregunto qué palabras habría usado la bruja para traducir las líneas de su mano. Nunca supe mucho de la bruja. Me dijeron que daba clases de dibujo y que nunca había cobrado por sus lecturas. Yo sigo vendiendo libros.
Sé que esto debería terminar con una gran fiesta en lo de Micaela. Me invitó, por supuesto. Pero no fui. No estaba de humor.
La bruja se dio por satisfecha con ese augurio alentador. Micaela se quedó mirando su propia mano, como si quisiera descubrir en las líneas los números ganadores del próximo sorteo. Era el turno de Ricardo. Esta vez la bruja leyó la palma en silencio y luego lo miró a los ojos.
“Serás traicionado por la persona de quien menos sospechas”.
Gaspar no se pudo contener.
“Vamos mejorando”, dijo. “De la fortuna a la traición. Para mí un viaje, por favor. O un encuentro inesperado, por lo menos”.
Decía esto mientras estiraba la mano. La bruja ni siquiera la tomó entre las suyas. Apenas una breve mirada.
“Sí, un viaje”, dijo. “Un viaje largo, después del cual cambiarás radicalmente tu forma de pensar”. Gaspar consideró oportuno hacer una serie de consideraciones de tipo fisiológico sobre la forma en que cambiaría de funcionar su cerebro luego del misterioso viaje. Pero no vienen al caso. Le tocaba a Efe. La bruja le tomó la mano pero se la cerró enseguida.
“Lo siento, estoy cansada”, dijo.
Protestamos, sin éxito. El próximo era yo, pero no había nada que hacerle.
“Tenemos que brindar por los novios”, le dije a Efe.
“Sí, es urgente”, dijo Efe.
Nos abrimos paso hacia el champagne y levantamos nuestras copas.
“¿Qué dirán las manos de esos infelices?”, pregunté.
“¿Por qué me cerró la mano?”, dijo Efe.
“Estaba cansada”, contesté.
Dicho así parece todo muy solemne, pero lo cierto es que ninguno de nosotros creía en el destino escrito en la palma de la mano. Es verdad que Gaspar ganó una beca de postgrado en París, un mes después, pero eso no asombró a nadie. Gaspar era un genio y tenía que viajar para aprender. Lo despedimos como corresponde, en una fiesta sin bruja, en la que todos los augurios eran venturosos.
A los tres meses llegó la carta desde París. Me la mandó a mí. Era una foto escrita del lado de atrás, a manera de postal. Gaspar estaba de rodillas en un parque o algo así. Era la primera vez que lo veía de barba, pero el detalle revelador era el crucifijo de marfil que le colgaba del cuello. Ahí estaba el abanderado del método científico, el hombre que sostenía que la materia guardaba todos los secretos del universo y que era hora de que la especie superior del planeta asumiera la responsabilidad que le tocaba. “Nosotros somos los dioses”, vociferaba, si se llegaba a tocar el tema. Y ahora me miraba con ojos de cordero, de rodillas sobre el pasto, luciendo la efigie del “Rey de los Judíos”, como él lo llamaba, a la manera romana. Di vuelta la foto con temor y esperanza. Todavía esperaba que el texto aclarara la broma.
“Querido hermano: Todo sucedió de repente. Te pido que me escuches porque ahora sé algo que cambió mi vida para siempre y podría cambiar la tuya, si lo permitieras”.
Yo ya había perdido las esperanzas pero seguí leyendo y me enteré del encuentro de Gaspar con el propio Jesús. Parece que Gaspar soñó y en el sueño discutía con el Salvador, hasta que se quedó sin palabras. Al despertar Gaspar recordaba las enseñanzas recibidas y había tomado la decisión de divulgarlas. La cosa seguía, pero creo que ya se entiende la idea. Gaspar había hecho un largo viaje y había cambiado radicalmente su forma de pensar. Yo lo sentí como una pérdida irreparable. Según mi forma de pensar, el universo era tan complejo que hasta podía ser que tanta gente tuviera razón y que este ilustre revolucionario judío fuera, en realidad, el hijo del dios verdadero y Dios él mismo, como reza el dogma. Pero convertir a Gaspar en un misionero era una crueldad, fuera de quien fuera la culpa. Eso no me lo sacaba nadie de la cabeza. Decidí guardar la carta y cerrar la boca.
A los dos días me llamó Efe.
“Recibí carta de Gaspar”, dijo.
Elegí el silencio como respuesta.
“Está decidido a salvarme”, gritó.
“Sí, ya sé. Quiere salvarnos a todos”.
Minutos después, Efe estaba en casa.
“Que yo sepa, hay tres posibilidades”, dijo, a manera de saludo.
Lo invité a pasar.
“Una, la más evidente, es que Gaspar se volvió loco, perdió contacto con la realidad. En ese caso la bruja tenía razón. El hombre hizo un largo viaje y cambió radicalmente su forma de pensar”.
Asentí.
“La segunda -continuó Efe- es que Gaspar no hace más que relatar la verdad de los acontecimientos. El mismísimo Jesús se le apareció en un sueño y Gaspar decidió dedicarse a divulgar la buena noticia. En ese caso la bruja también tenía razón.
A Efe le gustaba hablar. Se notaba que estaba preocupado.
“La tercera posibilidad es que Gaspar haya cambiado de estrategia, que haya decidido ilustrar en su propia persona la decadencia a la que conduce la fe, convirtiéndose en un fanático misionero que fue visitado en sus sueños por el Salvador. En este caso la bruja se habría equivocado, o se habría expresado mal. Gaspar no cambió radicalmente su forma de pensar sino la forma de expresar su pensamiento. De todos modos, si no acertó, la bruja pasó muy cerca”.
Efe hizo una pausa y se quedó mirándome, con una expresión muy suya, los ojos casi negros que inmovilizaban a la presa. Aunque esta vez el cazador tenía miedo.
“Eso nos llevaría a pensar que Micaela va a ganar la lotería, que Ricardo será traicionado por alguien muy cercano y que yo estuve a punto de enterarme de algo muy importante acerca de mi destino, de no haber mediado el repentino cansancio de la intérprete”.
Otra vez esa mirada.
“No es tan fácil”, intenté. “Está bien, la bruja acertó una. Pero eso no alcanza para desarrollar una teoría”.
“No, claro que no”, me sorprendió Efe. “Para ser una bruja decente tiene que adivinar todo. Todo. Si no sólo está dando manotazos en la oscuridad”.
A esta altura creo que se hace necesario aclarar quiénes éramos. Ricardo, Efe, Gaspar y yo habíamos sido compañeros de liceo nocturno y habíamos participado de una obra de teatro, de cuyo nombre no quiero acordarme. Creamos una cofradía que se dio en llamar Los Anacrónicos. Fiel a su nombre, el grupo se había mantenido luego de que abandonáramos las clases. Nos veíamos una vez por semana en un café del centro de la ciudad, con mesas redondas de mármol, frente a una plaza con un nombre que nos gustaba discutir: Libertad. Desde hacía un par de años nos juntábamos en una librería de viejo que me pertenecía. El nombre surgió en una reunión de Los Anacrónicos, “Utopía”, voz griega cuyo significado es “no hay tal lugar”, según definición de Quevedo, o “de eso no hay”, según definición de Ricardo, menos elegante pero tal vez más adecuada. Eso de no tener tiempo ni espacio nos maravillaba. Fuera de ese ámbito, todos teníamos entre 30 y 40 años y Ricardo era el único casado. Eran tiempos difíciles. El gobierno se había vuelto cada vez más autoritario y todos sabíamos que Ricardo y Efe conspiraban y seguramente tenían algo que ver con un grupo de resistencia urbana que pregonaba la justicia entre los hombres. No se hablaba de eso en las reuniones de Utopía. Lo más parecido a una teoría política que habíamos desarrollado se resumía en una frase que supimos por Borges y que pertenece a la más pura tradición anarquista: “Algún día mereceremos que no haya gobiernos”. Pero la realidad acechaba los muros de Utopía. Las acciones de los rebeldes se volvieron cada vez más osadas y llegaron a condenar y ejecutar a un asesor militar del gobierno que había llegado del extranjero, acusado de ser instructor de torturas. Las reuniones se suspendieron y yo perdí contacto con Ricardo y con Efe. Llegó el invierno, el más crudo que yo recordara. Yo había dejado de pensar en los Anacrónicos. Todo parecía urgente. Una mañana álgida, cuando estaba por salir a tasar una biblioteca, vi la carta. Era un sobre blanco vacío, pero estaba escrito por dentro: “En la frontera sin sombra”. Era un mensaje de los Anacrónicos. Le decíamos la frontera a una calle del centro de la ciudad que antaño definía el alcance de las balas de cañón disparadas desde la fortaleza. Por extensión, la frontera era una esquina en especial, el cruce con la avenida principal, donde había un bar con nombre anacrónico. Sin sombra sólo podía ser el mediodía. Me alegró la idea de que vería a Ricardo y a Efe en pocas horas. Y tenía una curiosidad inmensa. ¿En qué estarán? ¿Me pedirán algo? Eso me preocupaba. Pasé las próximas cuatro horas especulando. Llegué a la Frontera cuando faltaban dos minutos para las doce. Iba a entrar al bar, cuando vi a Ricardo que cruzaba la calle. Bajó la escalera de un viejo edificio venido a menos, el Palacio Siglos. Lo seguí. Era un sótano enorme, con diez de pistas de bolos y un bar con una docena de mesas, en una oscuridad casi total. Pedimos dos cafés en la barra y los llevamos a una mesa que tenía un cenicero sucio.
“Efe está adentro”, dijo Ricardo.
“¿Adentro de dónde?”, pregunté.
“Está guardado”, me explicó.
No dije nada.
“Me va a vender”.
Me quedé mirándolo.
“Me va a vender. Está escrito”, dijo, con una seriedad inconcebible, mientras me mostraba la palma de su mano derecha.
“No digas estupideces”, le dije, aunque me parecía que empezaba a entender de qué hablaba.
“Es él, es la persona en quien menos sospecho”.
“Bueno, no parece”, maticé.
“Esto es serio. Cuando la bruja lo dijo, yo pensé que podía sospechar de cualquiera menos de Amaro y de Efe. Y Amaro no puede ser. Amaro es un puro. Es una de las razones por las que Efe y yo estamos en esto. Llegué a hablarlo con Efe y él estaba de acuerdo. Me dijo que tenía que pensar en él, así quedaba fuera de la profecía. Y lo hice. Llegué a rezar para que Efe no cayera, pero no resultó”.
“¿Y Amaro?”
“Amaro está bien escondido. Además, Amaro es duro. De verdad. Amaro no duda. No cede. Y Efe estaba con miedo de que la bruja tuviera razón, pensaba que tal vez por eso le había cerrado la mano”.
Yo me quedé otra vez en silencio, pero reconozco que pensaba en cómo le iba a decir que no, si me pedía que lo ayudara. Eran tiempos difíciles. Pero no me quería pedir nada. Me quería alertar.
“Si Efe me vende, es probable que hable de los Anacrónicos, es probable que los lleve a Utopía”.
Me tomé el café de un sorbo. No era tan malo como esperaba.
“Yo no voy a hacer nada. No tiene sentido. Pero tu caso es distinto. Serás traicionado, pero eso no quiere decir que no puedas huir”, dije.
“Sí, ya lo arreglé. Sólo quería avisarte”.
Nos levantamos y nos dimos un abrazo. No nos deseamos nada. ¿Qué sentido tendría? Fue la última vez que lo vi.
Decidí que era hora de hacer una gran fogata. Quemé todo lo que pudiera considerarse “material subversivo”, según la jerga oficial. Seleccioné unos doscientos volúmenes y armé una hoguera en el patio de atrás de la librería, donde nos reuníamos los Anacrónicos en verano. Estuve fascinado durante horas, al calor del fuego. Aprendí que había que alimentarlo de a pocas hojas, para que no quedara vestigio de ninguna idea peligrosa. Ya había claridad cuando quemé el último, una serie de viñetas de Julio Cortázar, aventuras de seres imaginarios que pertenecían a especies imaginarias y se comportaban de manera absurda y contradictoria, en un universo también contradictorio y absurdo. Al fuego.
Los militares ya habían tomado el control y yo esperaba que llegaran en cualquier momento. Y llegaron.
Eran seis, de uniforme y armas largas, al mando de un tipo de mi edad, más o menos, que era el único autorizado a hablar. Me invitó a pasar al fondo. La librería tenía un corredor a la entrada, de unos diez metros de largo, con estantes de libros en oferta a la izquierda. Caminé escoltado por el jefe y empecé a escuchar el ruido de libros que caían al suelo. Al final del corredor había una sala amplia, con tres mesas de libros y las paredes cubiertas de anaqueles. Me indicó que me sentara y se quedó en silencio. Sólo se escuchaba el ruido de los libros que caían al piso. Pronto, los soldados llegaron a la sala. Traían algunos libros. Los acomodaron en el suelo y acometieron las mesas. Trabajaban rápido y sin hablarse. Yo tenía curiosidad por averiguar el criterio. La voz del jefe me sobresaltó.
“Utopía”, casi gritó. “¿Por qué?”
Yo no pude evitar un reflejo que teníamos los Anacrónicos cada vez que alguien preguntaba por qué algo se llamaba de la manera que se llamaba. Pensábamos en una escultura de Donatello, Il Gattamelata, un militar a caballo. El asunto había suscitado la curiosidad de los compatriotas del escultor, que se preguntaban: “Ma perché si chiama Il Gattamelata?”
“¿Le parezco gracioso?”, amenazó el jefe.
“No, claro que no”, me apresuré a contestar. “Es que me gusta la palabra, el hecho de que haya existido una palabra para designar un lugar que no existe: Utopía”.
Ahora era el jefe el que casi sonreía.
“Usted piensa que soy un bruto, ¿verdad?” Me hizo una seña para que no lo interrumpiera. “Un militar, una persona sin educación. Y tiene razón, hasta cierto punto. Pero hace poco me tocó presenciar un interrogatorio. Era un pobre infeliz, que empezó a decir incoherencias en cuando lo apretaron un poco. Nos impacientamos cuando arrancó con que el rey Gaspar se había entrevistado con el Niño Dios y que pronto llegaría montado en un camello ciego, al mando de un ejército de jesuitas, a edificar la utopía. Antes de moverlo, alguien le preguntó qué era eso y el tipo dijo: ‘De eso no hay’”.
El jefe hizo una pausa y se quedó mirándome con aire divertido. Yo ahora sí tenía miedo y suponía que se me notaba, pero no atinaba a decir nada, ni siquiera a pensar. Sólo seguía el ritmo monótono de los libros al caer.
“Déme un minuto, por favor”, dijo el jefe y se encaminó hacia el montón de los libros sospechosos. Me quedé petrificado. Me estaba hablando de Efe. Me estaba dejando que digiriera la información. Era el Inquisidor y me dejaba que imaginara los instrumentos, en lugar de mostrármelos. Me permitía que me torturara yo mismo. Y daba resultado. Empecé a conjeturar qué diría cuando me apretaran un poco, qué me preguntarían antes de moverme. Ya tenía ganas de gritar: “Basta, dejen de tirar libros”. Pero no hubiera podido. Estaba duro, martillado a la silla y al piso y las manos contra los muslos. Di la orden para que el dedo meñique de la mano derecha se moviera. Se movió. Pronto pude flexionar los cinco dedos y despegar la mano. Tanteé el bolsillo de la camisa en busca de cigarrillos. No estaban. Moví los ojos, que estaban fijos en una foto enorme y azul, del otro lado de la pieza. Los cigarrillos estaban sobre el mostrador, inalcanzables. ¿Qué habrán hecho con Efe? Terror. No tengo nada que decir, no sé nada. Utopía es una palabra que suena bien: cuatro vocales y sólo dos consonantes, diptongo quebrado, Ricardo y Efe, no sé. Morir, tengo que morirme de apuro. Si cargo ahora mismo contra esta manada, tal vez lo logre. Estuve una eternidad en ese estado, hasta que me interrumpió el Inquisidor.
“No, no se levante”, dijo.
Yo estaba quieto como una pared.
“Conocemos el camino”, añadió.
Mi expresión debía ser la del tipo más estúpido del planeta. El ruido había cesado. Los soldados estaban parados en actitud de espera. Todos los libros estaban en el suelo. El Inquisidor hizo una señal y los soldados empezaron a machar por el corredor.
“Mi consejo, si quiere escucharlo -me decía el Inquisidor- es que no tome muy en serio lo que dicen los libros. No se preocupe por lo que no existe. Concéntrese en la realidad. Piense en ese otro utópico del que le hablaba. Ahora está en el manicomio municipal”.
Hizo un gesto casi imperceptible, dio media vuelta y se fue. Me costó levantarme de la silla, pero lo logré. Estaba exhausto, dolorido, como si me hubieran molido a palos. Di unos pasos, pisando libros, hasta que me tiré en el suelo. Hice un montón con algunos de tapa blanda y apoyé la cabeza. Cuando me desperté era de día y el panorama era desolador.
Ese mismo día fui al manicomio. En el taxi pensaba en el Inquisidor. ¿Qué buscaba? No se llevó ningún libro. Él mismo lo dijo: no eran importantes. ¿Por qué me habló de Efe? ¿Por qué me dijo dónde estaba? ¿Me estarían esperando en el manicomio? ¿Qué habrá pasado con Ricardo? Era muy improbable que Efe pudiera haberles dado algún dato útil, después de la advertencia de la bruja. ¿Y si Efe no les había dicho nada y todo era una corazonada del Inquisidor y ahora yo lo estaba confirmando? Me afilié a la tesis fatalista. Si eso era lo que estaba escrito, eso haría. Después de todo, el Inquisidor y yo no éramos más que dos personajes en una trama de hierro y saludaríamos juntos cuando cayera el telón. Eso me animó.
Bajé del taxi frente a una estructura monumental, en forma de arco, con la mitad de los ladrillos a la vista. La puerta de rejas oxidadas estaba abierta y daba a un patio muy amplio, luego una escalera, baldosas blancas y negras, dos puertas cerradas, un corredor y otra puerta de rejas que daba a otro patio, esta vez custodiada por un viejo de pelo blanco, que me pareció que estaba dormido. Le expliqué mi propósito y me hizo firmar una planilla. Después me abrió y me dijo que entrara en la primera puerta a la izquierda. Yo empecé a caminar despacio. En el centro del patio había un cantero cuadrado, de unos diez metros de lado, con un nogal soberbio. Efe estaba sentado con las piernas juntas y siguiendo algún ritmo con el pie derecho, la mirada fija en una hoja caída en el suelo. Tenía la cara chupada, morada, amarilla. Me quedé un rato mirándolo. En un momento alzó los ojos. La reacción fue lenta. Los ojos se encendieron de a poco. La cara se ablandó.
“Hermano”, dijo.
Hablamos durante horas debajo del nogal. Efe articulaba con lentitud, pero se fue animando, fue cobrando seguridad poco a poco. Hablamos como si no nos hubiéramos visto en años. Repetimos las bromas, el viejo repertorio de los Anacrónicos. Efe le había puesto un poco más de color a su tendencia excéntrica habitual. Zapicán, por ejemplo.
“Vamos, Zapicán, salude al amigo”, dijo, en un momento, mirando hacia el suelo. Al cabo de una pausa, corrigió: “Está bien, Zapicán, haga el muertito”. Entonces me miró con un gesto de resignación y dijo: “Es un peregrino perro imaginario”, como si dijera: ‘¿Qué vamos a hacer con esta criatura extraordinaria, sino consentirle todos sus caprichos?’. Pero también hablamos de profecías y de inquisiciones.
“Era desesperante. Yo sólo pensaba en Ricardo. No lo voy a vender. No me lo van a sacar”. Me miró como preguntando si sabía de qué me hablaba. Asentí.
“Yo estaba luchando contra algo mucho más grande, mucho más poderoso que ellos, ¿se entiende?”
“Con gran claridad”.
Pausa. Larga. Yo trataba de no hacer ningún gesto de impaciencia.
“Llegó un momento en que creí que no iba a aguantar. Pensé que ya no importaba, que era hora de descansar. Estaba encapuchado, en una silla, sostenido por los brazos, helado, empapado. Me habían aplicado un par de métodos tradicionales. Todavía trataba de mantener la cabeza erguida, pero estaba en las últimas. Entonces apareció una voz nueva, que me decía que no la hiciera tan difícil, que no era conmigo, que si no cooperaba la cosa se iba a poner peor. Y yo empecé a prestar atención. Esa voz, el tono pausado, didáctico”.
Hizo otra pausa, esta vez deliberadamente teatral.
“Era Amaro”.
Para quienes conocen el contexto de este relato nunca hubo la menor duda de quién era el traidor. Amaro es célebre y precipitó la caída de todo el movimiento. Para mí fue una revelación. Era evidente que Ricardo había caído. Era evidente que Micaela se haría rica.
“Una bruja bastante decente”, dijo Efe.
Un tipo muy alto, flaco, descalzo, los ojos casi blancos, se acercó a una distancia insoportable. Efe lo ahuyentó con voz de mando.
“No pertenece a esta historia”, me explicó.
El tipo se alejó murmurando. Pudimos escuchar que decía: “Soy una buena persona”.
“Puede ser”, dijo Efe, en voz muy baja, como para sí. “Tranquilo, Zapicán”. Efe encendió un cigarrillo que tenía a medio fumar. Inhaló profundo y me miró fijo.
“Yo no era el traidor, ¿te das cuenta? Era el héroe”.
“Sí, me doy cuenta”. Yo también estaba emocionado.
“El encapuchado era el héroe. Los miserables eran ellos. Ya no había dolor ni frío ni oscuridad ni desesperación ni derrota. Era mi momento. Toda la vida esperando. Les tiré con el código de los Anacrónicos, para que fueran llevando: ‘Pagaremos el tributo con nuestras viejas espadas’”.
Efe me miraba con ojos de loco. Yo saboreaba la sentencia, en este contexto alucinante. Otra deuda con Borges. Era la respuesta de la pequeña tribu de bárbaros a los poderosos que exigían un impuesto por la fuerza. Ahí estaba la patria, el honor, el coraje. Efe me contó cómo siguió vociferando, incluso en pleno tratamiento, cada vez que podía abrir la boca. Hasta que perdió el conocimiento y lo recuperó en el manicomio. Ya caía el sol cuando me despidió. Me dijo que me había estado esperando y que quería pedirme algo.
“Me gustaría que escribieras algo sobre todo esto. Que quedara claro que el encapuchado era el héroe”
“Está bien”, le dije.
Pude darle un abrazo.
Me tomó unos cuantos años cumplir el encargo. Efe se suicidó días después de nuestro encuentro. Dejó un sobre con una hoja que decía: “Muy rico todo”. No quiero hablar del tema. Ricardo fue liberado cinco años después y se fue a Suecia. No supe nada más. Gaspar escribe, cada tanto. La última vino de Angola, donde cumplía una misión a las órdenes directas del Gran Jefe. Los militares duraron diez años en el poder, un poco más, y lo fueron entregando de a poco. Ya no hay tanto miedo ni tanta esperanza. A mí no me volvieron a visitar. Una mañana me pareció que vi al inquisidor pero no sé si era. Amaro desapareció de escena. Me pregunto qué palabras habría usado la bruja para traducir las líneas de su mano. Nunca supe mucho de la bruja. Me dijeron que daba clases de dibujo y que nunca había cobrado por sus lecturas. Yo sigo vendiendo libros.
Sé que esto debería terminar con una gran fiesta en lo de Micaela. Me invitó, por supuesto. Pero no fui. No estaba de humor.
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